La sangre goteaba de forma intermitente, dejando a
su paso un reguero escarlata en el suelo de madera. Las piernas le temblaban
tanto que apenas se mantenía en pie. Con las manos, buscaba el apoyo de las
estrechas paredes para seguir avanzando.
La sangre seguía bajando por su pecho, manchando sus
pálidas piernas. Se detuvo y bajó la mirada. Nadie diría que aquella bata había
sido blanca impoluta apenas unas horas antes. Colocó una mano donde se situaba
su corazón y de inmediato su palma se tiñó de rojo. Los dientes le castañeaban
cuando rompió la tela, dejando al descubierto su piel desnuda. Se tambaleó
durante unos segundos. La imagen le había impresionado más de lo que había
imaginado.
En el centro de su pecho se abría un enorme y
horrendo agujero en carne viva. En él todavía se apreciaba la forma de su
corazón. Con cada latido, una nueva gota de sangre caía al suelo.
Dijeron que podían ayudarlo. Que podían curarlo. Era
mentira.
El corazón seguía latiendo. Pero los puntos de
sutura se habían abierto.
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