Sentada frente al espejo, movió ligeramente el cuello para apreciar el reflejo de su rostro desde todos los ángulos posibles. Alzó la barbilla y tocó con suavidad su mejilla. Esta se iluminó durante unos segundos y, después, la luz dio paso a dos pequeñas mariposas que alzaron el vuelo con sus frágiles alas de cristal.
Giró ella entonces la cabeza hacia el otro lado, cambiando el perfil y tocando su otra mejilla. El proceso se volvió a repetir y unas nuevas mariposas abandonaron su piel, saliendo por la ventana de su cuarto, que permanecía abierta. El viento que se colaba por ella, le traía el recuerdo helado y triste del invierno.
Frunció el entrecejo y bajó de nuevo la barbilla. Arrugó la nariz. Todavía no estaba completo. Sin apartar ni por un momento la mirada del espejo, cogió una de las piezas de puzle que había esparcidas por el tocador. Con sumo cuidado, la colocó en una de sus mejillas, en el hueco que habían dejado las mariposas. Se miró de nuevo, juzgando el resultando final. Y repitió el proceso con cada una de las piezas restantes, colocando unas y desechando otras que no terminaban de encajar.
Todavía había muchos huecos en su rostro, muchos vacíos en el puzle que había que completar. Y aunque le fuera la vida en ello, se había propuesto volver a construirse, volver a encontrar cada una de las piezas restantes que formaban su rompecabezas. Y eso pensaba hacer, aunque nunca jamás pudiera volver a apartar la vista del espejo.
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