En el silencio de la enorme casa, la lluvia se oía repiquetear contra la ventana.
La tormenta había empeorado poco a poco. Una, dos gotas, cayendo de forma rítmica sobre el alfeizar. Cada gota que golpeaba contra la ventana era como si alguien lo hiciera suavemente con los nudillos, como si la naturaleza pretendiera con ello preguntar si era bienvenida en el hogar.
Los golpes se volvieron poco después más violentos, haciendo vibrar los cristales. A la naturaleza ya no le importaba ser invitada o no. Quería entrar a toda costa. El resplandor de un rayo iluminó el salón, seguido por el rugido de un trueno.
A través de los cristales empañados de la ventana, la lluvia se abrió paso con violencia. Dos brazos incorpóreos, con dedos difusos y acuosos, penetraron en la vivienda humana. Con ellos entró también el agua con la fuerza de un tsunami, convirtiendo cada habitación y cada rincón en una auténtica pecera.
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