Frío.
Oscuridad. Soledad. Si alguien alguna vez se hubiera interesado en preguntarle,
esas habrían sido sus respuestas. Lo único que recordaba antes de la eclosión.
O más bien, lo poco que había quedado
grabado a fuego en su memoria.
No
podía moverse. Sus músculos no le obedecían por mucho que su mente les ordenara
hacerlo. Parpadeaba de vez en cuando. Era en esos momentos cuando más
consciente era del vacío abrumador que lo engullía. Indefenso e insignificante,
dejaba que el frío le helara los huesos y le hiciera castañear los dientes. De
todas formas, tampoco podía hacer nada para evitarlo. Era como estar bajo una
burbuja o sumergido bajo el agua. La luz y el sonido eran prácticamente
inexistentes.
Pero
entonces un día todo cambió. Cuando ya había perdido la esperanza, cuando ya
había dejado que la oscuridad se agarrara con uñas y dientes a sus entrañas,
descubrió con sorpresa que su muñeca se movió cuando él se lo pidió. Lo intentó
de nuevo con éxito y tuvo ganas de gritar de júbilo. Era la primera vez en
muchos años que no se sentía tan libre. Poco a poco, se fue liberando de las
cadenas que lo oprimían, creciendo a cada minuto en él las ansias de una
libertad que creía olvidada.
De
forma instintiva, estiró los brazos hacia arriba, buscando alcanzar una luz que
no veía pero sabía que debía estar en alguna parte. Fue como si respirara por
primera vez, como si cada uno de sus sentidos volviera a abrirse a un mundo
hasta entonces desconocido.
Salió
así de la crisálida, desplegando su alma como si fueran las alas de una
mariposa, tocando con sus dedos temblorosos las estrellas más lejanas y
brillantes del cielo.
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