El viajero recibió el cuenco de guiso que la mujer le tendía agradecido y con una sonrisa. Había sido toda una suerte toparse con la cabaña de aquella bella muchacha, especialmente después de la tormenta que se había desatado a pocos kilómetros de su destino.
-Es usted un ángel.-comentó a la vez que se tapaba con la manta que le había proporcionado.
La mujer, quien le daba la espalda a la vez que avivaba el fuego de la chimenea, dejó escapar una risa que al viajero se le antojó como la melodía de un arroyo.
Una vez entrado en calor, sus ojos comenzaron a estudiar, curiosos, las escasas pertenencias de la humilde vivienda. Un puchero, una escoba, un viejo camastro de paja. Pero lo que sin duda llamó su atención, fue la máscara que colgaba sobre el marco de la puerta.
Representaba un rostro monstruoso, de tez roja y grandes ojos negros sin pupila. A su alrededor, había mechones de cabello dispuestos en perfecto desorden. Sus labios, se torcían en una siniestra sonrisa que dejaba asomar unos dientes afilados y desproporcionados.
-Veo que usted también cree en las leyendas.-comentó con el cuenco vacío todavía entre las manos.
La mujer, que seguía frente a la chimenea, no respondió.
-Me solían contar la historia de esa máscara de niño, y de cómo su dueño devoraba a los incautos.-chasqueó la lengua-Vaya tontería, ¿verdad? No son más que cuentos de...-el cuenco resbaló de sus manos, cayendo con un sonoro golpe al suelo.
Antes de que pudiera asimilar lo que estaba sucediendo, el demonio se abalanzó sobre él y le clavó sus horrendos colmillos.
Una vez lo hubo reducido a un montón de huesos, sonrió con satisfacción. Daban igual los años que fueran pasando. Los incautos viajeros seguían llegando a la puerta de su cabaña.
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