Encogido
sobre sí mismo, el ruiseñor estaba tendido en el fondo de su jaula de barrotes
de oro. Sus alas, antaño de un brillante caoba, cubrían su pequeña cabeza. Sus
grandes ojos negros eran reflejo de una profunda tristeza, pero era su voz, su
canto, lo que de verdad quebraba el alma de aquel que se parase a escucharlo.
El
ruiseñor se moría. Moría de pena y aburrimiento en su jaula, condenado a ver
cada día el cielo sin poder volar hasta él. Se moría, y así lo demostraba en
cada nota. Volcaba en cada melodía su dolor, su odio hacia la cárcel de oro en
la que veía pasar los días, uno tras otro. Porque en aquellos momentos en los
que, sin tocarlas, le habían arrancado las alas, era la música lo que todavía
lo mantenía con vida, lo que todavía lo hacía libre.
Y
un buen día, alguien no pudo seguir soportando el sufrimiento del ruiseñor, el
dolor de su canción. Se acercó a la jaula y abrió la puerta. Así, sin más. El
ave alzó su diminuta cabeza y separó ligeramente las alas. Miró a su salvador,
incrédulo. Y eternamente agradecido. Al principio vaciló un poco. ¿Todavía
sabría cómo volar? No se detuvo a pensarlo demasiado. Batió las alas y se alejó
de allí y de la jaula que a punto había estado de matarlo, saboreando de nuevo
la libertad que tanto había añorado.
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