Se
sentó en el suelo con las piernas cruzadas y adoptó una expresión meditabunda.
Cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo de su respiración calmada. Relajó
los brazos y dejó las palmas de sus manos hacia arriba. Cualquiera que entrara
en la habitación y la viera así jamás sospecharía lo que de verdad sucedía en
el interior de la muchacha. Pues ni una sola mueca de su rostro podría desvelar
la cruenta batalla que se debatía bajo cada uno de los poros de su piel. Inhaló
y exhaló profundamente. Y entonces, lo sintió fluir.
Sintió
fluir el dolor, la rabia, las dudas y el miedo. Toda una vorágine de
sentimientos que la devoraba por dentro, que hacían estallar en ella una
tormenta que la ahogaba. No los quiso retener. Dejó que la inundaran por
completo, que la arroparan, para luego dejarlos marchar. A medida que lo
hacían, una tenue luz emanaba de su pelo y de sus párpados cerrados. Se estaba
curando. Poco a poco, y con más de una cicatriz, pero lo estaba logrando.
Estaba sobreviviendo a la tormenta. Como quien vacía un vaso antes de
desbordarse.
Se
tomó entonces un momento y dejó escapar un suspiro, agotada. Todavía quedaba
mucho que curar. Mucho que cicatrizar. Y sabía que nunca volvería a ser la de
antes de aquellas heridas, y que algunas, por mucho que lo intentase, jamás se
curarían del todo. Pero también sabía que podía hacerlo. Que podía dejar atrás
la tormenta cuando esta amenazase de nuevo con enterrarla. Y lo más importante,
descubrió de pronto. No necesitaba a nadie más que lo hiciera por ella.
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