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jueves, 19 de marzo de 2020

Nacimiento


Aquella mañana de niebla espesa, un ruido débil pero constante rompía el silencio que sumía a las montañas. Proveniente de la cumbre más alta, en un nido de plumas grises y ramas secas, un único huevo se movía, en un intento por romper la cáscara que lo separaba de su nuevo mundo.

Al fin se escuchó un crujido y la criatura que durante tantos meses había albergado en su interior estiró un brazo para saborear su nueva libertad. Pronto liberó también las piernas y se puso en pie por primera vez de forma torpe. Sus ojos, de pupilas completamente negras, se giraron para mirar directamente al sol por un instante. Su cuerpo, pequeño y andrajoso, se encogió dentro del nido, como si quisiera ocultarse de la vista del astro que cubría el cielo.

Solo cuando pasó uno de sus brazos por encima de su cabeza, cubierta por una densa mata de pelo oscuro, se percató de las plumas que sobresalían de su antebrazo, componiendo dos alas de mil colores. De inmediato pareció comprender y, esta vez sin vacilar, se volvió a incorporar para dirigirse a la punta del nido que hasta ahora lo había protegido, lo único que lo separaba del vacío que había más allá de las faldas de las montañas. La criatura recién salida del huevo extendió sus brazos, desplegando así sus alas. Cogió impulso y saltó, dejando que estas se batieran al son del viento y elevándolo por encima de las nubes, por encima del mismo sol.

Fue entonces y solo entonces cuando entendió que ni el nido que lo había visto nacer, ni mucho menos la tierra escarpada de las montañas, podrían jamás encadenarlo. Porque su sitio estaba en el cielo, mucho más allá, donde sus alas lo pudieran llevar.

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