Aquella
mañana de niebla espesa, un ruido débil pero constante rompía el silencio que
sumía a las montañas. Proveniente de la cumbre más alta, en un nido de plumas
grises y ramas secas, un único huevo se movía, en un intento por romper la
cáscara que lo separaba de su nuevo mundo.
Al
fin se escuchó un crujido y la criatura que durante tantos meses había
albergado en su interior estiró un brazo para saborear su nueva libertad.
Pronto liberó también las piernas y se puso en pie por primera vez de forma
torpe. Sus ojos, de pupilas completamente negras, se giraron para mirar
directamente al sol por un instante. Su cuerpo, pequeño y andrajoso, se encogió
dentro del nido, como si quisiera ocultarse de la vista del astro que cubría el
cielo.
Solo
cuando pasó uno de sus brazos por encima de su cabeza, cubierta por una densa
mata de pelo oscuro, se percató de las plumas que sobresalían de su antebrazo,
componiendo dos alas de mil colores. De inmediato pareció comprender y, esta
vez sin vacilar, se volvió a incorporar para dirigirse a la punta del nido que
hasta ahora lo había protegido, lo único que lo separaba del vacío que había
más allá de las faldas de las montañas. La criatura recién salida del huevo
extendió sus brazos, desplegando así sus alas. Cogió impulso y saltó, dejando
que estas se batieran al son del viento y elevándolo por encima de las nubes,
por encima del mismo sol.
Fue
entonces y solo entonces cuando entendió que ni el nido que lo había visto nacer,
ni mucho menos la tierra escarpada de las montañas, podrían jamás encadenarlo.
Porque su sitio estaba en el cielo, mucho más allá, donde sus alas lo pudieran
llevar.
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