La
casa era pequeña. Tanto, que cuando andaba por sus pasillos, parecía que fuera
a ser aplastado por las paredes de un momento a otro.
Las
cortinas raídas de las ventanas apenas dejaban pasar la luz, sumiendo a la casa
en la más absoluta penumbra. Sus pasos debían ser, por tanto, cautelosos, para
evitar tropezar con los muebles y los viejos recuerdos. El aire estaba lleno de
polvo. Tanto, que le costaba respirar y le pesaba en los pulmones.
Sus
ojos acabaron por acostumbrarse a la eterna oscuridad, a los cristales rotos y
al silencio sepulcral. Se acostumbró también a la soledad y a la mugre del
hogar. Se acostumbró a la jaula que suponía su única libertad.
Un
buen día, decidió que iba siendo hora de descorrer las cortinas, quitar el
polvo y tirar los cristales rotos. Pues si bien la soledad seguía siendo su
única compañía, no tenía porqué pasar el resto de su vida apartado de la luz
del mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario