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sábado, 21 de marzo de 2020

Cerezo en flor


Hacía un frío inusual para esa época del año. Las plantas de la región, acostumbradas al clima cálido de la zona, fueron pereciendo poco a poco y quedando marchitas ante las heladas. El paisaje se fue volviendo entonces triste y gris, sin un ápice de esperanza.

Los habitantes de la zona lamentaban que esto hubiera sucedido precisamente cuando se acercaba el momento en el que iban a florecer los cerezos y temían que esa tradición mágica, ese año, no fuera a sucederse.

Conforme pasaban los días el frío, lejos de marcharse, se instalaba cada vez con más fuerza, acompañado de terribles tormentas de nieve que apenas les permitían salir a la calle. Para cuando llegó la ansiada fecha, eran muy pocos los que conservaban la esperanza de ver aquella lluvia de pétalos rosa pálidos y blancos. Solo una niña, menuda y de tez casi tan blanca como la nieve que lo cubría todo, se atrevió a abandonar el cálido refugio en el que se había convertido su hogar para ir a verlos.

El campo lucía como un cementerio. Solo y triste, con las ramas de los árboles desnudas que simulaban los largos dedos de un esqueleto.

La niña paseó por el manto blanco con marcha fúnebre, buscando un resquicio de vida ahogada entre tanta muerte. Los dientes le castañeaban, la nariz le moqueaba y tenía las manos amoratadas y agrietadas.

Empezó a pensar en que los demás tenían razón. En que no había esperanza. En que no había razón alguna para buscar algo que no estaba allí. Agotada a la vez que decepcionada, juntó sus manos en un intento por entrar en calor. Había aceptado ya su derrota y caminaba de regreso cuando, instintivamente, giró la cabeza hacia su izquierda.

Sus ojos volvieron a llenarse de ilusión y sus mejillas recuperaron el color que habían perdido.

Incrédula, corrió torpemente sobre la nieve para acercarse hasta allí. En un arranque de euforia, extendió los brazos para rodear con ellos el tronco del cerezo que se alzaba con sus flores, majestuoso, en mitad de la tormenta.

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