Hacía
un frío inusual para esa época del año. Las plantas de la región, acostumbradas
al clima cálido de la zona, fueron pereciendo poco a poco y quedando marchitas
ante las heladas. El paisaje se fue volviendo entonces triste y gris, sin un
ápice de esperanza.
Los
habitantes de la zona lamentaban que esto hubiera sucedido precisamente cuando
se acercaba el momento en el que iban a florecer los cerezos y temían que esa
tradición mágica, ese año, no fuera a sucederse.
Conforme
pasaban los días el frío, lejos de marcharse, se instalaba cada vez con más
fuerza, acompañado de terribles tormentas de nieve que apenas les permitían
salir a la calle. Para cuando llegó la ansiada fecha, eran muy pocos los que
conservaban la esperanza de ver aquella lluvia de pétalos rosa pálidos y
blancos. Solo una niña, menuda y de tez casi tan blanca como la nieve que lo
cubría todo, se atrevió a abandonar el cálido refugio en el que se había
convertido su hogar para ir a verlos.
El
campo lucía como un cementerio. Solo y triste, con las ramas de los árboles
desnudas que simulaban los largos dedos de un esqueleto.
La
niña paseó por el manto blanco con marcha fúnebre, buscando un resquicio de
vida ahogada entre tanta muerte. Los dientes le castañeaban, la nariz le
moqueaba y tenía las manos amoratadas y agrietadas.
Empezó
a pensar en que los demás tenían razón. En que no había esperanza. En que no
había razón alguna para buscar algo que no estaba allí. Agotada a la vez que
decepcionada, juntó sus manos en un intento por entrar en calor. Había aceptado
ya su derrota y caminaba de regreso cuando, instintivamente, giró la cabeza
hacia su izquierda.
Sus
ojos volvieron a llenarse de ilusión y sus mejillas recuperaron el color que
habían perdido.
Incrédula,
corrió torpemente sobre la nieve para acercarse hasta allí. En un arranque de
euforia, extendió los brazos para rodear con ellos el tronco del cerezo que se
alzaba con sus flores, majestuoso, en mitad de la tormenta.
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