Era
una noche especialmente fría y sombría cuando el ejército enemigo avanzó hacia
la muralla. Agazapados entre las tinieblas, sus estandartes se camuflaban entre
el follaje marchito y sin vida que rodeaba al castillo. A una señal que ni
siquiera las estrellas escucharon, se dio comienzo al asalto.
Los
superaban en número y las condiciones de sus armas también estaban a su favor.
Pero los habitantes de la fortaleza se defendían con uñas y dientes, aunque
ello les costase la vida. Aquella muralla se había mantenido en pie durante
años. Y no pensaban dejar que se derrumbase ahora.
El
asedio se prolongó durante diez noches y diez días. Poco a poco, la muralla se
fue resquebrajando. Una a una, las piedras que la conformaban se fueron
desmoronando. Los intrusos, viendo su oportunidad, entraron de golpe con la
fuerza de una tempestad, derruyendo todo a su paso.
Para
cuando cayó el último hombre y se derrumbó el último muro de piedra, ella ya
lloraba desconsoladamente.
Había
tardado años en construir la muralla que protegía a su corazón. Y solo dos
palabras habían bastado para destruirla.
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