La
muñeca de porcelana cayó al suelo, rompiéndose en cientos de pedazos. Un
silencio sepulcral y funesto siguió a su trágico fin, en el que nadie le dedicó
una elegía o le rindió un mísero homenaje.
Allí,
en un rincón, nadie parecía haber reparado en su presencia, y mucho menos en
cómo esta se había convertido en un montón de piezas inconexas. Nadie parecía
preocuparse realmente por el triste destino de la muñeca de porcelana, la cual
muchos ni siquiera sabrían que existía en un principio.
Entonces
sucedió algo extraordinario. Los trozos rotos comenzaron a temblar, sacudidos
por una fuerza imposible. Una pequeña mano, rosada y a la que le faltaban tres
dedos, se alzó desafiando al vacío. Poco a poco, el resto de piezas hicieron lo
mismo, juntándose unas con otras, reconstruyendo lo que una vez habían sido y
que la caída había destruido.
Fue
así cómo la muñeca volvió a sostenerse sobre sus pies, alta y orgullosa. Aunque
todavía invisible para muchos, aquellos que se atrevían a mirarla directamente
a sus ojos azabaches apreciaban en ellos un brillo pícaro, desafiante. Pues la
muñeca sabía que, por mucho que volviera a caer, volvería a reconstruirse otra
vez.
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