Por mucho que intentó protegerse, no pudo evitar ser contagiado por la epidemia que asolaba la ciudad.
Primero fue un ligero picor en la punta de los dedos. Después un molesto picor en la parte de atrás de las orejas. La vista se le cansaba y su mano temblaba con violentos espasmos. Con cada amanecer, la enfermedad seguía su curso, imparable.
Una mañana, no fue capaz de moverse de la cama. Apenas sí podía mover el cuello y la cabeza. Con un esfuerzo titánico, alzó una de sus manos. Quiso gritar, pero los parásitos parecían haber debilitado también sus palabras.
Una enorme mancha negra se extendía desde sus dedos hasta la muñeca, cubriendo también gran parte del antebrazo. Solo entonces fue consciente del verdadero peligro que corría. Intentó moverse, huir de la garra de la muerte. Pero era demasiado tarde. Ni siquiera le quedaban fuerzas para derramar las lágrimas que desdibujaban todavía más su visión cansada.
Ríos de tinta lo envolvieron, cubriendo cada centímetro de su piel, absorbiéndole la vida. El manto negro no tardó en llegar también a su corazón, llevándose consigo el último latido y suspiro de vida.
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