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viernes, 27 de marzo de 2020

Pasajero

Con la punta de su zapato de tacón, apagó la colilla que acababa de tirar al suelo. Era el quinto cigarro que se fumaba. Se asomó a la carretera y al ver que seguía sin haber rastro de su autobús, resopló y alzó la vista al cielo, donde ya se veían los claro oscuros del crepúsculo. No tardaría en amanecer. Tuvo la tentación de encenderse otro cigarrillo, pero se contuvo. Había sido una noche muy larga y lo único que quería era volver a casa y descansar. Y el condenado autobús seguía sin llegar. 

Había llegado ya a la conclusión de que llegaría mucho antes andando cuando, a lo lejos, le pareció divisar una silueta entre la niebla. Sus hombros se relajaron de forma automática y se apresuró en sacar su bono de la cartera cuando el autobús le abrió sus puertas. El conductor apenas la miró, pero no le dio más importancia. En los asientos del final, había otro pasajero. Tras un momento de duda, convino en que lo mejor sería sentarse por delante e ignorar la pesadez que de pronto se había agarrado con fiereza a su estómago. Quiso creer que se debía al alcohol y mentalmente cruzó los dedos para no echar la pota allí mismo como ya le había pasado otras veces. 

El autobús seguía su recorrido por la carretera. Ella miraba constantemente por la ventana. Apenas se distinguía nada a través del cristal a causa de la niebla. Le empezaron a sudar las manos. ¿Y si se había pasado de parada?  ¿Y si se había equivocado de autobús? Se mordió el labio, castigándose por no haber estado más atenta. 

Su cuerpo se meció entero, producto de un escalofrío, y con el corazón en la garganta, giró el cuello lentamente. Parpadeó un par de veces. Tras ella, seguía aquella extraña figura, completamente vestida de negro y que ocultaba su rostro tras una capucha. Pero, ¿por qué tenía la sensación de que ahora estaba mucho más cerca? Sacudió la cabeza y sonrió pensando en que aquello era una estupidez. Tenía mejores cosas de las que preocuparse en ese momento. 

El tiempo pasaba y, con él, la niebla se iba volviendo más y más densa. Se le secó la boca y comenzó a mover la pierna de manera rítmica, arriba y abajo. Se había equivocado de autobús. Ahora estaba completamente segura. Se planteó preguntarle al conductor. Al fin y al cabo, tendría que saberlo, ¿no? Era su trabajo. Pero algo la detuvo. Su instinto le decía que no obtendría respuesta alguna. Lo cual solo le dejaba una opción. Con tan solo pensarlo, se le revolvió el estómago y por un segundo pensó que iba a vomitar. Tragó saliva y con todos los músculos en tensión, giró la cabeza. Sus ojos se agrandaron de forma desmesurada al descubrir que el extraño pasajero no estaba allí. 

-Tienes razón, querida.-se le erizaron los pelos de la nuca al sentir su voz tan cerca de su oído-Este no es tu autobús. 

Su corazón dio un vuelco al descubrirlo sentado a su lado. Le empezaron a castañear los dientes. Era algo que solo le pasaba cuando hacía mucho frío o sentía verdadero terror. Y en ese momento no se veía en necesidad de un abrigo, precisamente. 

Ya ni siquiera el hecho de darse cuenta de que el conductor había sido todo ese tiempo una ilusión pareció importarle. No después de que fuera plenamente consciente de que había caído de lleno, como una tonta, en la trampa de la muerte, que seguía riéndose maliciosamente a su lado. 

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