Despertó en una habitación oscura y sin un mísero
atisbo de luz que se colara entre las rendijas de las ventanas.
Estaba sola. Pero no podía moverse. Ni un brazo, ni
una pierna. Ni siquiera un párpado o un dedo del pie. Sus músculos estaban
paralizados. El miedo sacudió como un latigazo su espina dorsal, quedándose
allí retenido. Tuvo ganas de gritar, pero las palabras parecían haber
desaparecido de su garganta.
Conforme pasaba el tiempo la habitación se le
antojaba más siniestra y su cuerpo, más ajeno. Se sintió vacía, como un
caparazón que nada aguardaba en su interior. Una lágrima resbaló por su mejilla
pero ella no pareció ser consciente de ese pequeño gesto de libertad. Intentó
moverse de nuevo sin resultado y, de nuevo, las lágrimas empañaron sus ojos.
Sentía que si se quedaba allí más tiempo, la oscuridad acabaría por devorarla.
Y no estaba del todo equivocada.
De pronto, algo comenzó a revolverse en su interior.
Algo pesado y horrible. Intentó pararlo, pero ya apenas le quedaban fuerzas
para resistirse. Su cuerpo comenzó a convulsionar de forma descontrolada. Su
espalda se arqueó y su cabeza cayó hacia atrás. Entonces su piel y entrañas se
abrieron en dos, dejando salir a la bestia que había en su interior, al
monstruo que no había podido vencer y que, ahora, había despertado.
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