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martes, 31 de marzo de 2020

Monstruos

-Doctor, lo he vuelto... lo he vuelto a ver. Era... Estaba. Yo... él... 

-Cálmese.-posó con suavidad una mano sobre las suyas, que estaban temblando-Y, ahora, empiece desde el principio. 

Cerró los ojos y tomó aire. Después los volvió a abrir, dispuesto a empezar de una forma más ordenada su relato. 

-He vuelto a ver al monstruo, doctor. 

El hombre asintió con un gesto y él tragó saliva antes de seguir. 

-Era de noche. Sí, lo recuerdo. Acababa de cerrar todas las puertas y ventanas cuando sentí su presencia justo detrás de mí.-su corazón se aceleró al recordar la experiencia-Era más alto de lo que recordaba. Tanto, que su deforme cabeza prácticamente rozaba la lámpara del techo. 

Había comenzado a sudar, pero sabía que no podía detenerse. Tenía que contar el resto de la historia. 

-¿Podría describirlo?-le alentó el médico. 

-No sabría decirle.-admitió-Su figura se fundía con las sombras y parecía cambiar constantemente. A veces, tenía la sensación de que todo su cuerpo lo cubrían escamas. Otras, que tenía unas extrañas plumas. A veces, incluso me parecía... me parecía...-el labio le comenzó a temblar. 

-¿Qué le parecía?-insistió el doctor sin perder la calma, anotando en su cuaderno. 

-Me parecía... humano. Sus ojos. Sus ojos son lo que mejor recuerdo. Eran grandes. Muy grandes. Y oscuros. Casi tan oscuros como los suyos... 

-Creo que es suficiente por hoy.-lo interrumpió el doctor dejando el boli sobre la mesa-Recuerde que no debe temer a los monstruos. Son solo un producto de su imaginación. 

Él asintió y se levantó con lentitud para dirigirse a la puerta de la consulta. Antes de marcharse, el médico le dedicó una sonrisa. 

En cuanto la puerta se cerró, el monstruo respiró aliviado. Había estado muy cerca de descubrirle. Una vez se cercioró de que estaba completamente solo, se deshizo de aquel molesto disfraz, regresando a su verdadera piel. 

lunes, 30 de marzo de 2020

Días de lluvia

En el silencio de la enorme casa, la lluvia se oía repiquetear contra la ventana. 

La tormenta había empeorado poco a poco. Una, dos gotas, cayendo de forma rítmica sobre el alfeizar. Cada gota que golpeaba contra la ventana era como si alguien lo hiciera suavemente con los nudillos, como si la naturaleza pretendiera con ello preguntar si era bienvenida en el hogar. 

Los golpes se volvieron poco después más violentos, haciendo vibrar los cristales. A la naturaleza ya no le importaba ser invitada o no. Quería entrar a toda costa. El resplandor de un rayo iluminó el salón, seguido por el rugido de un trueno. 

A través de los cristales empañados de la ventana, la lluvia se abrió paso con violencia. Dos brazos incorpóreos, con dedos difusos y acuosos, penetraron en la vivienda humana. Con ellos entró también el agua con la fuerza de un tsunami, convirtiendo cada habitación y cada rincón en una auténtica pecera. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Tela de araña

Torció el gesto en una mueca a la vez que aplastaba con el dedo los restos de la pegajosa telaraña. Acto seguido alzó la vista al techo y dejó escapar un bufido. Cuando accedió a quedarse con la vieja casa de campo del abuelo nunca imaginó que la encontraría en tan mal estado. 

Con un plumero y un trapo, se armó de valor para subir arriba. Tal vez si empezaba con la limpieza a fondo en el primer piso entraría un poco más de luz. Y la verdad es que a ese sitio le hacía falta. Estaba a oscuras y un tanto siniestro. 

Comenzó el ascenso por la vieja escalera. Sus peldaños de madera, posiblemente podridos, crujían a cada paso que daba. Al poco se detuvo. Tenía la sensación de que había oído algo. Como cientos de pasos corriendo de un lado a otro. Negó con la cabeza para impedir que su imaginación hiciera de las suyas. Lo más seguro es que fueran las ratas. Continuó subiendo, y muy a su pesar, siguió escuchando ruidos y pasos a los que les costaba encontrar una explicación. 

Llegó al fin al primer piso. La oscuridad allí arriba era prácticamente absoluta, de modo que tuvo que tener cuidado para no tropezarse con los muebles. En cuanto cruzó el umbral de la primera habitación, la puerta de esta se cerró con estrépito tras él. Le hubiera gustado achacarlo al viento, pero no se movía ni una mota de aire. Ignoró el sudor de sus manos y alzó el plumero con la intención de empezar a limpiar. O, si era necesario, de defenderse. Frunció el ceño. Algo no marchaba bien. Lo había sabido desde que puso los pies en la casa. El suelo estaba especialmente pegajoso. 

De pronto, la habitación le pareció claustrofóbicamente pequeña. Sus músculos se tensaron y su corazón se aceleró. Apenas podía distinguir nada dos metros más allá, pero podía sentirlo. Alguien, o más bien algo, que no había dejado de observarlo desde que entró allí. Intuyó que se movía y un escalofrío le recorrió la espalda. 

De nuevo volvió a escucharlos. El ruido que las ocho patas hacían al golpear contra el suelo. Apretó los dientes y cerró los ojos, sabiéndose indefenso. El trapo y el plumero cayeron al suelo al igual que él había caído de lleno en la trampa de la araña. 


sábado, 28 de marzo de 2020

Incendio forestal

- He tenido un sueño muy extraño. 

-¿En serio? ¿Cómo era?

-Soñaba que estaba en un bosque. Era muy bonito. Verde, frondoso y lleno de vida. 

<< De repente, se propagaba un incendio. Era horrible. Los animales morían. Los troncos de los árboles quedaban carbonizados y sus ramas se caían a pedazos. Había mucho humo y no podía respirar. Intentaba huir, pero llegaba un momento en el que las llamas me acorralaban y...-se detuvo un momento-No logro recordar nada más.-admitió al fin con un suspiro. 

-No se preocupe, Antonia. A todos nos pasa con los sueños.-la animó el doctor a la vez que tomaba apuntes en su cuaderno.

Desde que fue diagnosticada con Alzheimer, la paciente tiene el mismo sueño todas las noches. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Pasajero

Con la punta de su zapato de tacón, apagó la colilla que acababa de tirar al suelo. Era el quinto cigarro que se fumaba. Se asomó a la carretera y al ver que seguía sin haber rastro de su autobús, resopló y alzó la vista al cielo, donde ya se veían los claro oscuros del crepúsculo. No tardaría en amanecer. Tuvo la tentación de encenderse otro cigarrillo, pero se contuvo. Había sido una noche muy larga y lo único que quería era volver a casa y descansar. Y el condenado autobús seguía sin llegar. 

Había llegado ya a la conclusión de que llegaría mucho antes andando cuando, a lo lejos, le pareció divisar una silueta entre la niebla. Sus hombros se relajaron de forma automática y se apresuró en sacar su bono de la cartera cuando el autobús le abrió sus puertas. El conductor apenas la miró, pero no le dio más importancia. En los asientos del final, había otro pasajero. Tras un momento de duda, convino en que lo mejor sería sentarse por delante e ignorar la pesadez que de pronto se había agarrado con fiereza a su estómago. Quiso creer que se debía al alcohol y mentalmente cruzó los dedos para no echar la pota allí mismo como ya le había pasado otras veces. 

El autobús seguía su recorrido por la carretera. Ella miraba constantemente por la ventana. Apenas se distinguía nada a través del cristal a causa de la niebla. Le empezaron a sudar las manos. ¿Y si se había pasado de parada?  ¿Y si se había equivocado de autobús? Se mordió el labio, castigándose por no haber estado más atenta. 

Su cuerpo se meció entero, producto de un escalofrío, y con el corazón en la garganta, giró el cuello lentamente. Parpadeó un par de veces. Tras ella, seguía aquella extraña figura, completamente vestida de negro y que ocultaba su rostro tras una capucha. Pero, ¿por qué tenía la sensación de que ahora estaba mucho más cerca? Sacudió la cabeza y sonrió pensando en que aquello era una estupidez. Tenía mejores cosas de las que preocuparse en ese momento. 

El tiempo pasaba y, con él, la niebla se iba volviendo más y más densa. Se le secó la boca y comenzó a mover la pierna de manera rítmica, arriba y abajo. Se había equivocado de autobús. Ahora estaba completamente segura. Se planteó preguntarle al conductor. Al fin y al cabo, tendría que saberlo, ¿no? Era su trabajo. Pero algo la detuvo. Su instinto le decía que no obtendría respuesta alguna. Lo cual solo le dejaba una opción. Con tan solo pensarlo, se le revolvió el estómago y por un segundo pensó que iba a vomitar. Tragó saliva y con todos los músculos en tensión, giró la cabeza. Sus ojos se agrandaron de forma desmesurada al descubrir que el extraño pasajero no estaba allí. 

-Tienes razón, querida.-se le erizaron los pelos de la nuca al sentir su voz tan cerca de su oído-Este no es tu autobús. 

Su corazón dio un vuelco al descubrirlo sentado a su lado. Le empezaron a castañear los dientes. Era algo que solo le pasaba cuando hacía mucho frío o sentía verdadero terror. Y en ese momento no se veía en necesidad de un abrigo, precisamente. 

Ya ni siquiera el hecho de darse cuenta de que el conductor había sido todo ese tiempo una ilusión pareció importarle. No después de que fuera plenamente consciente de que había caído de lleno, como una tonta, en la trampa de la muerte, que seguía riéndose maliciosamente a su lado. 

jueves, 26 de marzo de 2020

La cabaña

El viajero recibió el cuenco de guiso que la mujer le tendía agradecido y con una sonrisa. Había sido toda una suerte toparse con la cabaña de aquella bella muchacha, especialmente después de la tormenta que se había desatado a pocos kilómetros de su destino. 

-Es usted un ángel.-comentó a la vez que se tapaba con la manta que le había proporcionado. 

La mujer, quien le daba la espalda a la vez que avivaba el fuego de la chimenea, dejó escapar una risa que al viajero se le antojó como la melodía de un arroyo. 

Una vez entrado en calor, sus ojos comenzaron a estudiar, curiosos, las escasas pertenencias de la humilde vivienda. Un puchero, una escoba, un viejo camastro de paja. Pero lo que sin duda llamó su atención, fue la máscara que colgaba sobre el marco de la puerta. 

Representaba un rostro monstruoso, de tez roja y grandes ojos negros sin pupila. A su alrededor, había mechones de cabello dispuestos en perfecto desorden. Sus labios, se torcían en una siniestra sonrisa que dejaba asomar unos dientes afilados y desproporcionados. 

-Veo que usted también cree en las leyendas.-comentó con el cuenco vacío todavía entre las manos. 

La mujer, que seguía frente a la chimenea, no respondió. 

-Me solían contar la historia de esa máscara de niño, y de cómo su dueño devoraba a los incautos.-chasqueó la lengua-Vaya tontería, ¿verdad?  No son más que cuentos de...-el cuenco resbaló de sus manos, cayendo con un sonoro golpe al suelo. 

Antes de que pudiera asimilar lo que estaba sucediendo, el demonio se abalanzó sobre él y le clavó sus horrendos colmillos. 

Una vez lo hubo reducido a un montón de huesos, sonrió con satisfacción. Daban igual los años que fueran pasando. Los incautos viajeros seguían llegando a la puerta de su cabaña. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Jaula


Encogido sobre sí mismo, el ruiseñor estaba tendido en el fondo de su jaula de barrotes de oro. Sus alas, antaño de un brillante caoba, cubrían su pequeña cabeza. Sus grandes ojos negros eran reflejo de una profunda tristeza, pero era su voz, su canto, lo que de verdad quebraba el alma de aquel que se parase a escucharlo.

El ruiseñor se moría. Moría de pena y aburrimiento en su jaula, condenado a ver cada día el cielo sin poder volar hasta él. Se moría, y así lo demostraba en cada nota. Volcaba en cada melodía su dolor, su odio hacia la cárcel de oro en la que veía pasar los días, uno tras otro. Porque en aquellos momentos en los que, sin tocarlas, le habían arrancado las alas, era la música lo que todavía lo mantenía con vida, lo que todavía lo hacía libre.

Y un buen día, alguien no pudo seguir soportando el sufrimiento del ruiseñor, el dolor de su canción. Se acercó a la jaula y abrió la puerta. Así, sin más. El ave alzó su diminuta cabeza y separó ligeramente las alas. Miró a su salvador, incrédulo. Y eternamente agradecido. Al principio vaciló un poco. ¿Todavía sabría cómo volar? No se detuvo a pensarlo demasiado. Batió las alas y se alejó de allí y de la jaula que a punto había estado de matarlo, saboreando de nuevo la libertad que tanto había añorado.

martes, 24 de marzo de 2020

Fluir


Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y adoptó una expresión meditabunda. Cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo de su respiración calmada. Relajó los brazos y dejó las palmas de sus manos hacia arriba. Cualquiera que entrara en la habitación y la viera así jamás sospecharía lo que de verdad sucedía en el interior de la muchacha. Pues ni una sola mueca de su rostro podría desvelar la cruenta batalla que se debatía bajo cada uno de los poros de su piel. Inhaló y exhaló profundamente. Y entonces, lo sintió fluir.

Sintió fluir el dolor, la rabia, las dudas y el miedo. Toda una vorágine de sentimientos que la devoraba por dentro, que hacían estallar en ella una tormenta que la ahogaba. No los quiso retener. Dejó que la inundaran por completo, que la arroparan, para luego dejarlos marchar. A medida que lo hacían, una tenue luz emanaba de su pelo y de sus párpados cerrados. Se estaba curando. Poco a poco, y con más de una cicatriz, pero lo estaba logrando. Estaba sobreviviendo a la tormenta. Como quien vacía un vaso antes de desbordarse.

Se tomó entonces un momento y dejó escapar un suspiro, agotada. Todavía quedaba mucho que curar. Mucho que cicatrizar. Y sabía que nunca volvería a ser la de antes de aquellas heridas, y que algunas, por mucho que lo intentase, jamás se curarían del todo. Pero también sabía que podía hacerlo. Que podía dejar atrás la tormenta cuando esta amenazase de nuevo con enterrarla. Y lo más importante, descubrió de pronto. No necesitaba a nadie más que lo hiciera por ella.

lunes, 23 de marzo de 2020

El puzle

Sentada frente al espejo, movió ligeramente el cuello para apreciar el reflejo de su rostro desde todos los ángulos posibles. Alzó la barbilla y tocó con suavidad su mejilla. Esta se iluminó durante unos segundos y, después, la luz dio paso a dos pequeñas mariposas que alzaron el vuelo con sus frágiles alas de cristal. 

Giró ella entonces la cabeza hacia el otro lado, cambiando el perfil y tocando su otra mejilla. El proceso se volvió a repetir y unas nuevas mariposas abandonaron su piel, saliendo por la ventana de su cuarto, que permanecía abierta. El viento que se colaba por ella, le traía el recuerdo helado y triste del invierno. 

Frunció el entrecejo y bajó de nuevo la barbilla. Arrugó la nariz. Todavía no estaba completo. Sin apartar ni por un momento la mirada del espejo, cogió una de las piezas de puzle que había esparcidas por el tocador. Con sumo cuidado, la colocó en una de sus mejillas, en el hueco que habían dejado las mariposas. Se miró de nuevo, juzgando el resultando final. Y repitió el proceso con cada una de las piezas restantes, colocando unas y desechando otras que no terminaban de encajar. 

Todavía había muchos huecos en su rostro, muchos vacíos en el puzle que había que completar. Y aunque le fuera la vida en ello, se había propuesto volver a construirse, volver a encontrar cada una de las piezas restantes que formaban su rompecabezas. Y eso pensaba hacer, aunque nunca jamás pudiera volver a apartar la vista del espejo. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Crisálida


Frío. Oscuridad. Soledad. Si alguien alguna vez se hubiera interesado en preguntarle, esas habrían sido sus respuestas. Lo único que recordaba antes de la eclosión. O  más bien, lo poco que había quedado grabado a fuego en su memoria.

No podía moverse. Sus músculos no le obedecían por mucho que su mente les ordenara hacerlo. Parpadeaba de vez en cuando. Era en esos momentos cuando más consciente era del vacío abrumador que lo engullía. Indefenso e insignificante, dejaba que el frío le helara los huesos y le hiciera castañear los dientes. De todas formas, tampoco podía hacer nada para evitarlo. Era como estar bajo una burbuja o sumergido bajo el agua. La luz y el sonido eran prácticamente inexistentes.

Pero entonces un día todo cambió. Cuando ya había perdido la esperanza, cuando ya había dejado que la oscuridad se agarrara con uñas y dientes a sus entrañas, descubrió con sorpresa que su muñeca se movió cuando él se lo pidió. Lo intentó de nuevo con éxito y tuvo ganas de gritar de júbilo. Era la primera vez en muchos años que no se sentía tan libre. Poco a poco, se fue liberando de las cadenas que lo oprimían, creciendo a cada minuto en él las ansias de una libertad que creía olvidada.

De forma instintiva, estiró los brazos hacia arriba, buscando alcanzar una luz que no veía pero sabía que debía estar en alguna parte. Fue como si respirara por primera vez, como si cada uno de sus sentidos volviera a abrirse a un mundo hasta entonces desconocido.

Salió así de la crisálida, desplegando su alma como si fueran las alas de una mariposa, tocando con sus dedos temblorosos las estrellas más lejanas y brillantes del cielo.

sábado, 21 de marzo de 2020

Cerezo en flor


Hacía un frío inusual para esa época del año. Las plantas de la región, acostumbradas al clima cálido de la zona, fueron pereciendo poco a poco y quedando marchitas ante las heladas. El paisaje se fue volviendo entonces triste y gris, sin un ápice de esperanza.

Los habitantes de la zona lamentaban que esto hubiera sucedido precisamente cuando se acercaba el momento en el que iban a florecer los cerezos y temían que esa tradición mágica, ese año, no fuera a sucederse.

Conforme pasaban los días el frío, lejos de marcharse, se instalaba cada vez con más fuerza, acompañado de terribles tormentas de nieve que apenas les permitían salir a la calle. Para cuando llegó la ansiada fecha, eran muy pocos los que conservaban la esperanza de ver aquella lluvia de pétalos rosa pálidos y blancos. Solo una niña, menuda y de tez casi tan blanca como la nieve que lo cubría todo, se atrevió a abandonar el cálido refugio en el que se había convertido su hogar para ir a verlos.

El campo lucía como un cementerio. Solo y triste, con las ramas de los árboles desnudas que simulaban los largos dedos de un esqueleto.

La niña paseó por el manto blanco con marcha fúnebre, buscando un resquicio de vida ahogada entre tanta muerte. Los dientes le castañeaban, la nariz le moqueaba y tenía las manos amoratadas y agrietadas.

Empezó a pensar en que los demás tenían razón. En que no había esperanza. En que no había razón alguna para buscar algo que no estaba allí. Agotada a la vez que decepcionada, juntó sus manos en un intento por entrar en calor. Había aceptado ya su derrota y caminaba de regreso cuando, instintivamente, giró la cabeza hacia su izquierda.

Sus ojos volvieron a llenarse de ilusión y sus mejillas recuperaron el color que habían perdido.

Incrédula, corrió torpemente sobre la nieve para acercarse hasta allí. En un arranque de euforia, extendió los brazos para rodear con ellos el tronco del cerezo que se alzaba con sus flores, majestuoso, en mitad de la tormenta.

viernes, 20 de marzo de 2020

Reconstrucción


La muñeca de porcelana cayó al suelo, rompiéndose en cientos de pedazos. Un silencio sepulcral y funesto siguió a su trágico fin, en el que nadie le dedicó una elegía o le rindió un mísero homenaje.

Allí, en un rincón, nadie parecía haber reparado en su presencia, y mucho menos en cómo esta se había convertido en un montón de piezas inconexas. Nadie parecía preocuparse realmente por el triste destino de la muñeca de porcelana, la cual muchos ni siquiera sabrían que existía en un principio.

Entonces sucedió algo extraordinario. Los trozos rotos comenzaron a temblar, sacudidos por una fuerza imposible. Una pequeña mano, rosada y a la que le faltaban tres dedos, se alzó desafiando al vacío. Poco a poco, el resto de piezas hicieron lo mismo, juntándose unas con otras, reconstruyendo lo que una vez habían sido y que la caída había destruido.

Fue así cómo la muñeca volvió a sostenerse sobre sus pies, alta y orgullosa. Aunque todavía invisible para muchos, aquellos que se atrevían a mirarla directamente a sus ojos azabaches apreciaban en ellos un brillo pícaro, desafiante. Pues la muñeca sabía que, por mucho que volviera a caer, volvería a reconstruirse otra vez.

jueves, 19 de marzo de 2020

Nacimiento


Aquella mañana de niebla espesa, un ruido débil pero constante rompía el silencio que sumía a las montañas. Proveniente de la cumbre más alta, en un nido de plumas grises y ramas secas, un único huevo se movía, en un intento por romper la cáscara que lo separaba de su nuevo mundo.

Al fin se escuchó un crujido y la criatura que durante tantos meses había albergado en su interior estiró un brazo para saborear su nueva libertad. Pronto liberó también las piernas y se puso en pie por primera vez de forma torpe. Sus ojos, de pupilas completamente negras, se giraron para mirar directamente al sol por un instante. Su cuerpo, pequeño y andrajoso, se encogió dentro del nido, como si quisiera ocultarse de la vista del astro que cubría el cielo.

Solo cuando pasó uno de sus brazos por encima de su cabeza, cubierta por una densa mata de pelo oscuro, se percató de las plumas que sobresalían de su antebrazo, componiendo dos alas de mil colores. De inmediato pareció comprender y, esta vez sin vacilar, se volvió a incorporar para dirigirse a la punta del nido que hasta ahora lo había protegido, lo único que lo separaba del vacío que había más allá de las faldas de las montañas. La criatura recién salida del huevo extendió sus brazos, desplegando así sus alas. Cogió impulso y saltó, dejando que estas se batieran al son del viento y elevándolo por encima de las nubes, por encima del mismo sol.

Fue entonces y solo entonces cuando entendió que ni el nido que lo había visto nacer, ni mucho menos la tierra escarpada de las montañas, podrían jamás encadenarlo. Porque su sitio estaba en el cielo, mucho más allá, donde sus alas lo pudieran llevar.

miércoles, 18 de marzo de 2020

La casa


La casa era pequeña. Tanto, que cuando andaba por sus pasillos, parecía que fuera a ser aplastado por las paredes de un momento a otro.

Las cortinas raídas de las ventanas apenas dejaban pasar la luz, sumiendo a la casa en la más absoluta penumbra. Sus pasos debían ser, por tanto, cautelosos, para evitar tropezar con los muebles y los viejos recuerdos. El aire estaba lleno de polvo. Tanto, que le costaba respirar y le pesaba en los pulmones.

Sus ojos acabaron por acostumbrarse a la eterna oscuridad, a los cristales rotos y al silencio sepulcral. Se acostumbró también a la soledad y a la mugre del hogar. Se acostumbró a la jaula que suponía su única libertad.

Un buen día, decidió que iba siendo hora de descorrer las cortinas, quitar el polvo y tirar los cristales rotos. Pues si bien la soledad seguía siendo su única compañía, no tenía porqué pasar el resto de su vida apartado de la luz del mundo.

martes, 17 de marzo de 2020

Muralla


Era una noche especialmente fría y sombría cuando el ejército enemigo avanzó hacia la muralla. Agazapados entre las tinieblas, sus estandartes se camuflaban entre el follaje marchito y sin vida que rodeaba al castillo. A una señal que ni siquiera las estrellas escucharon, se dio comienzo al asalto.

Los superaban en número y las condiciones de sus armas también estaban a su favor. Pero los habitantes de la fortaleza se defendían con uñas y dientes, aunque ello les costase la vida. Aquella muralla se había mantenido en pie durante años. Y no pensaban dejar que se derrumbase ahora.

El asedio se prolongó durante diez noches y diez días. Poco a poco, la muralla se fue resquebrajando. Una a una, las piedras que la conformaban se fueron desmoronando. Los intrusos, viendo su oportunidad, entraron de golpe con la fuerza de una tempestad, derruyendo todo a su paso.

Para cuando cayó el último hombre y se derrumbó el último muro de piedra, ella ya lloraba desconsoladamente.

Había tardado años en construir la muralla que protegía a su corazón. Y solo dos palabras habían bastado para destruirla.

lunes, 16 de marzo de 2020

Escrito en el agua


Os dejo por aquí la reseña de este mes de marzo: un libro escrito por una mujer.

Sinopsis: Pocos días antes de morir, Nel Abbot estuvo llamando a su hermana, pero Jules no cogió el teléfono. Ahora Nel está muerta. Dicen que saltó al río. Y Jules se ve arrastrada al pequeño pueblo de los veranos de su infancia, un lugar del que creía haber escapado, para cuidar de la adolescente que su hermana deja atrás. 

Pero Jules tiene miedo. Mucho miedo. Miedo al agua, miedo de sus recuerdos enterrados largo tiempo atrás, y miedo, sobre todo, de su certeza de que Nel nunca habría saltado... 

He de decir que, aunque al empezar esta lectura no estaba del todo convencida de verme atrapada entre sus páginas, este libro ha conseguido engancharme hasta el final. 

Puede que una de las cosas que más me haya gustado de esta novela haya sido el desarrollo narrativo de la trama, contado desde el punto de vista de diferentes personajes, algunos de ellos en primera persona y otros en tercera. Todos esos capítulos, por no hablar de la construcción psicológica de cada uno de ellos, encajan a la perfección, como si fueran las piezas de un puzle. De este modo, mientras sigues el misterio de las mujeres de la Poza de las Ahogadas, vas conociendo a los implicados, su papel en toda esa historia y cómo se enfrentan y relacionan los unos con los otros. 

En definitiva, ha sido un libro que ha conseguido dejarme sin respiración y me ha mantenido en vilo hasta la última página con un final completamente inesperado. Ni que decir que incluso me ha gustado más que la primera novela de la autora, La chica del tren




Si habéis visto la película o ya os habéis dejado atrapar por la escritura de Paula Hawkins, no dudéis en sumergiros en su segunda novela, y con más motivo si todavía no lo habéis hecho. 

jueves, 12 de marzo de 2020

Despertar


Despertó en una habitación oscura y sin un mísero atisbo de luz que se colara entre las rendijas de las ventanas.

Estaba sola. Pero no podía moverse. Ni un brazo, ni una pierna. Ni siquiera un párpado o un dedo del pie. Sus músculos estaban paralizados. El miedo sacudió como un latigazo su espina dorsal, quedándose allí retenido. Tuvo ganas de gritar, pero las palabras parecían haber desaparecido de su garganta.

Conforme pasaba el tiempo la habitación se le antojaba más siniestra y su cuerpo, más ajeno. Se sintió vacía, como un caparazón que nada aguardaba en su interior. Una lágrima resbaló por su mejilla pero ella no pareció ser consciente de ese pequeño gesto de libertad. Intentó moverse de nuevo sin resultado y, de nuevo, las lágrimas empañaron sus ojos. Sentía que si se quedaba allí más tiempo, la oscuridad acabaría por devorarla. Y no estaba del todo equivocada.

De pronto, algo comenzó a revolverse en su interior. Algo pesado y horrible. Intentó pararlo, pero ya apenas le quedaban fuerzas para resistirse. Su cuerpo comenzó a convulsionar de forma descontrolada. Su espalda se arqueó y su cabeza cayó hacia atrás. Entonces su piel y entrañas se abrieron en dos, dejando salir a la bestia que había en su interior, al monstruo que no había podido vencer y que, ahora, había despertado.

jueves, 5 de marzo de 2020

Puntos de sutura


La sangre goteaba de forma intermitente, dejando a su paso un reguero escarlata en el suelo de madera. Las piernas le temblaban tanto que apenas se mantenía en pie. Con las manos, buscaba el apoyo de las estrechas paredes para seguir avanzando.

La sangre seguía bajando por su pecho, manchando sus pálidas piernas. Se detuvo y bajó la mirada. Nadie diría que aquella bata había sido blanca impoluta apenas unas horas antes. Colocó una mano donde se situaba su corazón y de inmediato su palma se tiñó de rojo. Los dientes le castañeaban cuando rompió la tela, dejando al descubierto su piel desnuda. Se tambaleó durante unos segundos. La imagen le había impresionado más de lo que había imaginado.

En el centro de su pecho se abría un enorme y horrendo agujero en carne viva. En él todavía se apreciaba la forma de su corazón. Con cada latido, una nueva gota de sangre caía al suelo.

Dijeron que podían ayudarlo. Que podían curarlo. Era mentira.

El corazón seguía latiendo. Pero los puntos de sutura se habían abierto.