Durante semanas, no se había hablado de otra cosa. El baile que se iba a celebrar esa noche sería uno de los mejores de la historia. Todos los jóvenes de la ciudad acudirían con sus mejores galas. Buena comida, música y alcohol. ¿Qué más se podía pedir? Se rumoreaba que incluso se podrían conseguir un par de pastillas.
Para cuando llegaron los primeros, ya estaba todo preparado. La fiesta iba a celebrarse al aire libre para disfrutar del frescor de aquella noche de verano. Habían dispuesto algunas mesas en el césped con bandejas llenas de aperitivos e incluso había una barra improvisada donde ya se empezaban a servir las primeras copas. Todos miraban asombrados las guirnaldas y las bombillas de colores que había sobre sus cabezas. Su luz los reconfortaba en aquella noche sin luna y sin estrellas.
La música empezó a sonar y fueron a darlo todo en la pista de baile. No cabía ni un alfiler. Nadie quería perderse el acontecimiento del año. Era difícil moverse entre tanta gente y los invitados, lejos de enfadarse, estallaron en carcajadas. Los roces aumentaron la temperatura y dieron comienzo a los primeros besos y las primeras caricias. Los rumores eran ciertos. Aquel era el mejor baile de la historia.
Entonces estalló la primera bombilla. Todos se quedaron en silencio. Completamente quietos. Nadie había resultado herido pero el susto se les había quedado pegado en el cuerpo. La música seguía sonando. Decidieron no darle más importancia. Esas cosas a veces pasaban. Siguieron bailando, bebiendo y disfrutando de aquella noche inolvidable. Hasta que estalló la segunda bombilla. Todos se detuvieron de nuevo. Un sentimiento de inquietud empezó a apoderarse de ellos. Los murmullos y las miradas nerviosas recorrieron la pista de baile. Una vez más, siguieron bailando. Pero sin quitar ojo a las bombillas que había sobre sus cabezas. La noche empezaba a volverse más oscura.
Tal y cómo temían, sucedió una tercera vez. Y una cuarta. Y una quinta. Y así hasta que todas las bombillas se rompieron, sumiéndolos en la oscuridad más absoluta. La música se detuvo. Los invitados se miraron unos a otros. El pánico asomaba en sus ojos. La temperatura, agradable hasta ese momento, descendió en picado. Hacía demasiado frío para esa época en el año. Empezaron a tiritar, incrédulos. Algunos intentaron iluminarse con el móvil. Pero la tenue luz de la pantalla apenas podía hacer algo contra la negrura que los tragaba por completo. No podían ver nada más allá de sus propios pies. El roce con el cuerpo de sus compañeros, lejos de tranquilizarlos, aumentó su nerviosismo. Se sentían atrapados en medio de toda aquella gente. Y lo peor era el miedo. Ese que les había cerrado al garganta justo cuando estalló la última bombilla.
Allí había algo más. Algo que los acechaba desde la oscuridad que los envolvía. Aunque hubieran querido, no habrían podido escapar. Estaban paralizados y el frío había mermado sus fuerzas. Aun de haberlas conservado, su instinto les decía que hubiera sido inútil. Ya no había marcha atrás.
El primer grito se escuchó poco después. Nuevos gritos y sollozos lo siguieron. Cayeron uno a uno. Como las bombillas.

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