Estaba lavando los platos de la cena cuando le pareció escuchar el llanto de un bebé. Detuvo su tarea para escuchar con más atención. Nada. El silencio. Negó con la cabeza y regresó a sus quehaceres con una media sonrisa. Habría sido producto de su imaginación. Al rato, su hijo se acercó a la cocina corriendo.
-Mamá.
-Dime cielo.
-¿Qué haces cuando se rompe un juguete?
La madre cerró el grifo y dejó el vaso enjabonado en el fregadero. Frunció el ceño.
-¿Se te ha vuelto a romper un juguete?-ya era la tercera vez esa semana-Debes tener más cuidado.
-Ya, pero es que lo hago sin querer.-el niño la miró con ojos tristes para buscar su compasión.
Ella acabó sonriendo.
-Está bien. ¿Por qué no lo guardas en el baúl con el resto? Cuando termine aquí iré a echarle un vistazo, ¿de acuerdo?
El niño asintió con una enorme sonrisa y regresó corriendo a su habitación.
Poco tiempo después, se escuchó un grito aterrador. El vaso se le escapo de la mano y se estampó en el suelo, rompiéndose en miles de pedazos. Con el corazón a punto de salírsele de la garganta recorrió el pasillo hasta el cuarto de su hijo. Las piernas le temblaban y tuvo la sensación de que la puerta se alejaba cada vez más de ella. Tenía la mano empapada en sudor cuando, por fin, agarró el picaporte y la abrió con brusquedad. Y entonces se quedó allí de pie. Helada.
El suelo estaba manchado de sangre. El baúl de los juguetes estaba abierto y podía ver a la perfección los cuerpos de pequeños animales. Incluso había un gato. Le entró la risa nerviosa. Ellos nunca habían tenido un gato. Los juguetes rotos, pensó con un escalofrío. Su hijo estaba de pie, junto al baúl. Él también estaba manchado de sangre.
-Mamá, ¿has venido a ayudarme a arreglar el juguete?
Ella no respondió. Sus piernas cedieron y acabó arrodillada en el suelo. Sus ojos desencajados no podían apartar la vista del pequeño cuerpo inerte que su hijo sostenía en brazos. No quería ni pensar cómo había conseguido entrar a ese bebé en casa.

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