Las gotas de lluvia repiqueteaban con fuerza contra la ventana y los truenos hacían temblar los cristales.
No recuerdo la última vez que vi una tormenta como esta, pues el clima de este lugar no es lo que se dice precisamente lluvioso. Tal vez por eso mismo los líderes políticos no han sabido preveer el tremendo apagón que esta iba a causar. Y aquí estoy yo, a dos velas. Literalmente.
Siempre me han gustado las velas. Su apariencia moldeable de cera; su llama débil, efímera. En cierta medida, pienso, nuestra vida se consume al igual que la cera y la llama de una vela.
Estoy sumida en estos pensamientos cuando alguien llama a la puerta. Con un bostezo y una de las velas en la mano, me dirijo hacia allí, esperando encontrarme con algún vecino pidiéndome un paquete de cerillas o una linterna inexistente.
Pero no es eso lo que veo en el umbral, tragado por las sombras. Un escalofrío recorre mi espalda y estoy a punto de dejar caer la vela al suelo.
Vestía una blusa blanca y vaporosa y su larga melena oscura, le caía de forma irregular a ambos lados del rostro. Los ojos grises y los labios apretados. Las manos quietas a ambos lados del cuerpo. Plof, plof, plof. Sonaba un pequeño goteo insistente a la altura de sus zapatos. Con una mejilla más hundida que la otra, su rostro se antojaba un retrato grotesco hecho de cera que, poco a poco, se iba deformando y deshaciendo.
Quise cerrar la puerta y alejarme de allí. Pero me resultaba difícil hacérselo a mi propio reflejo. No tenía palabras, era como estar mirándome en una especie de espejo, a uno que me devolvía una imagen deformada y aterradora de mí misma.
Sus manos acuosas se movieron, acercándose a mí.
En ese momento, la llama de la vela se apagó.
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