A medida que se acercaba al borde, notaba cómo la tierra que pisaban sus pies iba perdiendo consistencia. El barro estaba húmedo y a cada paso que daba, se hundía más y más en él.
Se detuvo y contuvo la respiración. Allí, a un paso del abismo, parecía que la temperatura hubiera descendido cientos de grados de repente. Con el corazón en la garganta, se asomó al interior, desafiando a la voraz oscuridad que le devolvía la mirada.
Casi imperceptibles, dos manos se alzaban en el fondo. Extendidas hacia arriba y con las palmas abiertas, la inquietante presencia de aquellas dos manos se hacía cada vez más cercana.
No se dio cuenta del peligro hasta que la agarraron por los tobillos y, sin darle tiempo a gritar, la arrastraron al fondo del abismo.
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