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jueves, 3 de octubre de 2019

Sequía

Sus pasos cansados resonaban sobre la gravilla del desierto. Las piernas le temblaban con tal violencia que sentía que de un momento a otro se derrumbaría sin fuerzas sobre la arena. Sobre su cabeza, pesaban la sombra amenazadora de los buitres, una de las pocas criaturas que habían sobrevivido a aquel calvario. Aunque él sospechaba que al ser humano tampoco le quedaba mucho tiempo en aquel castigado mundo. 

Se puso la mano sobre la frente en un intento por ver algo más allá de aquel sol que pesaba sobre la tierra como una condena. Una débil sonrisa se curvó en sus agrietados labios. Estaba muy cerca. Más de lo que hubiera imaginado. Solo deseaba que no fuera otro espejismo. Ya había tenido suficientes de esos como para volverse loco. 

Prácticamente se arrastró los pocos metros que lo separaban del oasis, de aquella fuente de vida en medio de la muerte que, en los últimos tiempos, se había convertido en poco más que una leyenda. Su boca comenzó a salivar al imaginar el agua fresca y cristalina que con su escasez había hecho tambalear los débiles cimientos sobre los que se sustentaba el futuro de la humanidad. 

Su sonrisa desapareció de sus labios igual que las nubes de lluvia lo habían hecho tiempo atrás. El alma se le cayó a los pies, hundiéndose en los más profundo de las dunas. 

Su oasis. Aquel por el que había estado a punto de perder la vida y prácticamente la cabeza. Estaba seco. Se dejó caer y lloró de impotencia. Sus lágrimas, el único agua de la que había sido testigo en muchos meses. 

Había habido un tiempo en el que el agua cubría las tres cuartas partes de la Tierra. Ahora, en medio de aquella sequía, ya nada quedaba de aquel planeta azul que habían destruido. 

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