La niña corría todo lo que sus pequeños pies descalzos le permitían sobre el asfalto, huyendo de la muerte. Agotada, se permitió el lujo de detenerse para volver a ajustar el pañuelo, blanco de inocencia, que le cubría la cabeza.
Fueron tan solo unos segundos. Pero fueron unos segundos que lo cambiaron todo.
Su madre gritó su nombre unos metros por delante de ella y le ofreció su mano. Ella comenzó a caminar hacía allí cuando el edifico que había a su lado voló en mil pedazos, sepultando a su madre entre los escombros. Sus gritos se mezclaron con el ruido de las explosiones. Sendos lagrimones le rodaron por las famélicas mejillas mientras su pecho subía y bajaba con cada sollozo.
Primero había sido papá. Luego los tíos y los primos. Incluso el abuelito. Y ahora mamá. No podían quitarle a mamá. Mamá era lo único que le quedaba.
Comenzaron a llegar soldados, como una ola que se acerca peligrosamente a la costa para arrasar cada uno de los castillos construidos sobre la arena. Uno de ellos la empujó con brusquedad, pero ella apenas lo notó. Se sentía hueca, vacía, ahora que su madre no estaba a su lado para protegerla de los horrores de la guerra.
El sonido de un arma siendo cargada la hizo reaccionar y ella se giró para toparse con el reluciente cañón que le apuntaba directo entre sus ojos llorosos. El labio le temblaba. No era justo.
A ella le daba igual quién quisiera mandar. Y si eran los mayores los que se habían peleado, ¿por qué eran ellos los que tenían que morir?
El hombre apretó el gatillo sin un ápice de compasión, sumando una víctima más a la lista negra de la guerra.
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