Cuando
tenía doce años, mis padres, mi hermano pequeño y yo fuimos a la boda de unos
familiares.Tuvo
lugar en una especie de campo, por la noche. Había un montón de pequeñas
lámparas y bombillas por todas partes, dotando de una atmósfera mágica al
ambiente. Para
cuando mi hermano y yo terminamos de cenar, el cielo ya había oscurecido.
Decidimos ir a jugar con un balón que habíamos traído de casa mientras nuestros
padres hablaban con nuestros tíos.
Empezamos a jugar en un sitio algo apartado de los otros invitados. Cerca de allí, había una especie de pequeña colina, iluminada por unas pocas bombillas y envuelta en la más absoluta oscuridad. Nos hacía sentir un poco incómodos, pero decidimos que lo mejor sería ignorarlo y centrarnos en el juego. Golpeé el balón con fuerza, pero mi hermano, algo despistado, no fue capaz de recibirlo de la forma adecuada y este rodó colina abajo, quedando sumido por las sombras.
-Maldita sea. ¡Ves a por él!-le pedí.
-¿Por qué yo? ¡Fuiste tú el que le dio tan fuerte!-protestó.
-¿Qué pasa? ¿Es que tienes miedo?-reí. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
-¡Está bien! ¡Estaré aquí en seguida!
No pude dejar de reír durante varios minutos, pero cuando pasó la primera hora y mi hermano seguía sin aparecer, empecé a sentirme nervioso. Lo llamé, pero no hubo respuesta.
-Sé que estás intentado asustarme. ¡Para de una vez y ven aquí!
De repente, escuché una voz que se reía. Era terrorífica.
-¡¡Sé que eres tú!!-intenté sonar más seguro de lo que en realidad estaba-¡¡Basta!! ¡¡Ya es suficiente!!
Lo que sea que fuera eso, se detuvo, y el silencio me cubrió con su manto de nuevo. Sentí algo que se acercaba hasta mí, despacio. Era el balón, ahora lleno de sangre. Sin embargo, mi hermano no apareció por ninguna parte.
Lo que pasó después de eso permanece confuso en mi memoria. Creo que mis padres trataron de buscarlo, desesperados. Algunas bombillas se fundieron. Nunca lo volví a ver.
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