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jueves, 31 de octubre de 2019

El monstruo del armario

Rose temblaba bajo las sábanas. Sus pequeños puños se aferraban a ellas como si le fuera la vida en ello y tenía los ojos cerrados con tanta fuerza que le dolían. 

Había vuelto a tener aquella pesadilla. Sabía que solo era un sueño. Los adultos se lo habían explicado en infinidad de ocasiones. Pero, en aquella ocasión,  le había parecido tan real que no se atrevía a abandonar su improvisado refugio. 

Le pareció escuchar cómo se abría la puerta del armario con un chirrido, causándole un escalofrío. Poco después, la madera crujió bajos unos pasos lentos y pesados cerca de ella. 

Rose no se sentía lo suficiente valiente como para plantar cara al monstruo que la acosaba. Aun así, se atrevió a sacar una mano y buscó a tientas algo en la mesita de noche con lo que pudiera defenderse. Allí encontró un cuchillo. No recordaba que estuviera allí cuando fue a acostarse, pero no le importó. Lo agarró con fuerza y se deshizo finalmente de las sábanas que la protegían para plantar cara al monstruo. 

Su silueta se plantaba ante ella, recortada en la oscuridad, imponente. Antes de que tuviera tiempo de arrepentirse, Rose se lanzó hacia él con un grito, clavando el cuchillo con toda su rabia. 

El cuerpo de su padre se tambaleó durante unos instantes y Rose, todavía temblando, lo vio caer. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro sudoroso al percatarse de que, por fin, había puesto el punto final a sus pesadillas. 


En la oscuridad



Cuando tenía doce años, mis padres, mi hermano pequeño y yo fuimos a la boda de unos familiares.Tuvo lugar en una especie de campo, por la noche. Había un montón de pequeñas lámparas y bombillas por todas partes, dotando de una atmósfera mágica al ambiente. Para cuando mi hermano y yo terminamos de cenar, el cielo ya había oscurecido. Decidimos ir a jugar con un balón que habíamos traído de casa mientras nuestros padres hablaban con nuestros tíos.

Empezamos a jugar en un sitio algo apartado de los otros invitados. Cerca de allí, había una especie de pequeña colina, iluminada por unas pocas bombillas y envuelta en la más absoluta oscuridad. Nos hacía sentir un poco incómodos, pero decidimos que lo mejor sería ignorarlo y centrarnos en el juego. Golpeé el balón con fuerza, pero mi hermano, algo despistado, no fue capaz de recibirlo de la forma adecuada y este rodó colina abajo, quedando sumido por las sombras.

-Maldita sea. ¡Ves a por él!-le pedí.

-¿Por qué yo? ¡Fuiste tú el que le dio tan fuerte!-protestó.

-¿Qué pasa? ¿Es que tienes miedo?-reí. Sus mejillas se tiñeron de rojo.

-¡Está bien! ¡Estaré aquí en seguida!

No pude dejar de reír durante varios minutos, pero cuando pasó la primera hora y mi hermano seguía sin aparecer, empecé a sentirme nervioso. Lo llamé, pero no hubo respuesta.

-Sé que estás intentado asustarme. ¡Para de una vez y ven aquí!

De repente, escuché una voz que se reía. Era terrorífica.

-¡¡Sé que eres tú!!-intenté sonar más seguro de lo que en realidad estaba-¡¡Basta!! ¡¡Ya es suficiente!!

Lo que sea que fuera eso, se detuvo, y el silencio me cubrió con su manto de nuevo. Sentí algo que se acercaba hasta mí, despacio. Era el balón, ahora lleno de sangre. Sin embargo, mi hermano no apareció por ninguna parte.

Lo que pasó después de eso permanece confuso en mi memoria. Creo que mis padres trataron de buscarlo, desesperados. Algunas bombillas se fundieron. Nunca lo volví a ver.

Calabaza

A la luz de una temblorosa vela y con la única compañía de una noche sin estrellas que se colaba a través de su ventana, el hombre contemplaba su obra, insatisfecho. 

-Todavía no estás perfecta, pequeña calabaza. -sonrió mientras clavaba el cuchillo y dibujaba con él una horrenda boca. 

Su sombra, proyectada en la pared, originaba figuras horrendas. En la repisa de la ventana abierta, un viejo cuervo se acercó a mirar, curioso, la espantosa escena que se veía reflejada en sus brillantes ojos negros. 

-Ya estás, pequeña calabaza.-rió a la vez que cortaba con el cuchillo manchado de sangre lo que quedaba de la cabellera anaranjada de su víctima. 

Con los ojos prácticamente fuera de sus órbitas, se giró hacia la ventana para mostrarle, orgulloso, el resultado final a su inesperado huésped. 

El ave de alas negras giró la cabeza en un gesto genuino, como si con él pretendiera comprender el motivo de por qué aquel hombre de melena encrespada y mirada perdida sujetaba con tanta devoción la cabeza de su amada hija, a la que ahora había convertido en una lámpara más para la tétrica fiesta. 

jueves, 24 de octubre de 2019

Castillos de arena

Acariciado por el lejano murmullo de las olas, el niño jugaba sentado sobre la arena. En sus manos regordetas, moldeaba a su gusto la apariencia de aquella mole compacta. De entre sus carnosos labios, sobresalía la pequeña punta rosada de una lengua, signo de máxima concentración. 

Comenzaron a resurgir entonces los impresionantes muros del castillo, con sus torres y sus almenas, con su foso y su patio de armas. El niño se detuvo, crítico, para contemplar su obra. Había algo que no terminaba de convencerlo. Era un castillo bonito. Pero no el más bonito. 

Decidió hacer las torres más altas y los muros más extensos. Se lo quedó mirando. Todavía le faltaba algo. ¿Qué era un señor feudal sin sus vasallos? Sus manos empezaron a construir un pueblo de arena. 

Al principio fue una casa. Pero luego decidió que se necesitaba también una plaza. Y un pozo. Y animales. Y más gente cultivando las tierras del señor del castillo. Y caminos. Caminos que llevaran a otras aldeas de arenisca. Y más castillos, por supuesto. ¿Dónde se hospedaría el señor, sino? Y así hasta que, cuando se fue a dar cuenta, había creado de la nada todo un reino. 

Pero el niño seguía sin mostrarse satisfecho. Quería más. Nada le parecía suficiente. Sus manos siguieron moldeando la arena, dando vida a barcos que lo llevarían a otros imperios y reinos. La tragedia se sucedió en cuestión de segundos. 

Una ola se cernió sobre los dominios del señor del castillo, arrastrándolo todo a su paso y deshaciendo la ambición de su arquitecto. 

jueves, 17 de octubre de 2019

Partida de ajedrez

Los hombres se sentaron a la mesa, elegantes y altaneros, deseosos de dar comienzo a la partida. Cada uno sacó sus fichas. Las normas habían ido cambiando con el paso de los años, al igual que lo había hecho el mundo entero que era su tablero. 

Empezó entonces el juego y una enorme compañía petrolera se alzó en el tablero. Los mares quedaron ennegrecidos. Otra ficha se movió, haciendo estallar alguna terrible guerra en algún país recóndito y olvidado. La siguiente taló los bosques. El planeta se asfixiaba al quedarse sin sus pulmones. La pobreza y la enfermedad se cebaban con el siguiente movimiento acompañados siempre por la corrupción que, por llevarse, se llevaba hasta las palabras. A cada jugada, el tablero se deformaba más y más, adoptando un color grisáceo y tristón.

Uno de ellos alzó su mano, pálida como la de un fantasma, a la espera de ejecutar el siguiente movimiento de juego. La sombra amenazadora de un nuevo incendio forestal se quedó colgando en el aire. El resto de sus compañeros lo miraron estupefactos. Después, uno a uno, cada uno de los jugadores de ajedrez rodaron por el suelo. 

La humanidad había puesto así fin a su propia partida. 

jueves, 10 de octubre de 2019

Guerra

La niña corría todo lo que sus pequeños pies descalzos le permitían sobre el asfalto, huyendo de la muerte. Agotada, se permitió el lujo de detenerse para volver a ajustar el pañuelo, blanco de inocencia, que le cubría la cabeza. 

Fueron tan solo unos segundos. Pero fueron unos segundos que lo cambiaron todo. 

Su madre gritó su nombre unos metros por delante de ella y le ofreció su mano. Ella comenzó a caminar hacía allí cuando el edifico que había a su lado voló en mil pedazos, sepultando a su madre entre los escombros. Sus gritos se mezclaron con el ruido de las explosiones. Sendos lagrimones le rodaron por las famélicas mejillas mientras su pecho subía y bajaba con cada sollozo. 

Primero había sido papá. Luego los tíos y los primos. Incluso el abuelito. Y ahora mamá. No podían quitarle a mamá. Mamá era lo único que le quedaba. 

Comenzaron a llegar soldados, como una ola que se acerca peligrosamente a la costa para arrasar cada uno de los castillos construidos sobre la arena. Uno de ellos la empujó con brusquedad, pero ella apenas lo notó. Se sentía hueca, vacía, ahora que su madre no estaba a su lado para protegerla de los horrores de la guerra. 

El sonido de un arma siendo cargada la hizo reaccionar y ella se giró para toparse con el reluciente cañón que le apuntaba directo entre sus ojos llorosos. El labio le temblaba. No era justo. 

A ella le daba igual quién quisiera mandar. Y si eran los mayores los que se habían peleado, ¿por qué eran ellos los que tenían que morir? 

El hombre apretó el gatillo sin un ápice de compasión, sumando una víctima más a la lista negra de la guerra. 

jueves, 3 de octubre de 2019

Sequía

Sus pasos cansados resonaban sobre la gravilla del desierto. Las piernas le temblaban con tal violencia que sentía que de un momento a otro se derrumbaría sin fuerzas sobre la arena. Sobre su cabeza, pesaban la sombra amenazadora de los buitres, una de las pocas criaturas que habían sobrevivido a aquel calvario. Aunque él sospechaba que al ser humano tampoco le quedaba mucho tiempo en aquel castigado mundo. 

Se puso la mano sobre la frente en un intento por ver algo más allá de aquel sol que pesaba sobre la tierra como una condena. Una débil sonrisa se curvó en sus agrietados labios. Estaba muy cerca. Más de lo que hubiera imaginado. Solo deseaba que no fuera otro espejismo. Ya había tenido suficientes de esos como para volverse loco. 

Prácticamente se arrastró los pocos metros que lo separaban del oasis, de aquella fuente de vida en medio de la muerte que, en los últimos tiempos, se había convertido en poco más que una leyenda. Su boca comenzó a salivar al imaginar el agua fresca y cristalina que con su escasez había hecho tambalear los débiles cimientos sobre los que se sustentaba el futuro de la humanidad. 

Su sonrisa desapareció de sus labios igual que las nubes de lluvia lo habían hecho tiempo atrás. El alma se le cayó a los pies, hundiéndose en los más profundo de las dunas. 

Su oasis. Aquel por el que había estado a punto de perder la vida y prácticamente la cabeza. Estaba seco. Se dejó caer y lloró de impotencia. Sus lágrimas, el único agua de la que había sido testigo en muchos meses. 

Había habido un tiempo en el que el agua cubría las tres cuartas partes de la Tierra. Ahora, en medio de aquella sequía, ya nada quedaba de aquel planeta azul que habían destruido.