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jueves, 11 de marzo de 2021

Transformación

 



Con un suspiro, volvió a darse la vuelta en la cama. Llevaba horas así. Finalmente se colocó boca arriba. Apretó los párpados con fuerza, como si eso le ayudase a quedarse dormido. Desde fuera, le llegaba el rítmico sonido de las olas que barrían la playa. Intentó concentrarse en la cercana llamada del mar y acompasar su respiración con las olas. Tal vez eso lo ayudara a relajarse. 

Su familia había insistido en que alquirara esa cabaña en la costa para desconectar. Pero lo único que había allí eran cientos de mosquitos que ya le habían llenado piernas y brazos de ronchas. No era precisamente la idea que tenía él de desconectar y pasar unos días alejados del ajetreado mundo urbano. 

De pronto abrió los ojos. La necesidad de dormir había pasado a ser algo secundario. El cansancio había desaparecido, como si fuera cosa de magia. Y se sentía... diferente. Intentó reincorporarse y frunció el ceño. Su cuerpo era más pesado. Negó con la cabeza. Eso era ridículo. Debían ser imaginaciones suyas. Sin embargo, incluso la sonrisa que formaron sus labios la noto tersa. Diferente. Se levantó de la cama y se dirigió a la puerta de la habitación. Tal vez el aire fresco le ayudara a conciliar el sueño, aunque ahora no lo echara tanto en falta. Se sintió torpe al abrir la puerta del cuarto y lo mismo le sucedió con la de la entrada principal. ¿Qué demonios le pasaba? Empezó a sospechar que aquel paseo no era más que fruto de su sonambulismo. Aun así, decidió dejarse llevar. No tenía nada mejor que hacer, de todas formas. 

Horas más tarde, cuando se despertara de nuevo en la cama de su habitación, no recordaría nada de lo que había pasado. Pero lo que sí permanecería intacto en su mente sería la imagen de la luna aquella noche. Grande y brillante, iluminando una noche sin estrellas. Se llevó una mano a la frente, que notaba caliente y empapada en sudor. Por un momento temió haberse puesto enfermo y maldijo el momento en el que pensó que dejar la ventana abierta era una buena idea. Retiró la mano y fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía la palma llena de sangre. Con una mueca de horror se miró la otra mano. Las sábanas están manchadas de rojo. Miró a su alrededor. Las cortinas estaban rasgadas y gran parte de los muebles estaban destrozados. Sintió el estómago pesado. Tenía ganas de vomitar. No recordaba nada de lo que había pasado anoche. Parecía que una bestia se hubiera colado en su habitación y, si hubiera salido, habría comprobado que el resto de la cabaña estaba igual. 

Temblando, cogió el mando a distancia que todavía seguía en su mesita de noche y encendió el televisor que tenía frente a él. En aquel momento de terror en el que el corazón le latía a mil no supo por qué le pareció que era un momento oportuno para escuchar las noticias. No le dio demasiada importancia. Hacía tiempo que no se paraba a pensar demasiado las cosas y no iba a hacerlo ahora. 

Se llevó una mano a la boca con los ojos llenos de lágrimas. Todas las cadenas se habían hecho eco del mismo suceso. Anoche, un tigre había aterrorizado a los habitantes de la costa. Las arcadas subieron por su garganta. Sin dejar de temblar, se levantó y fue al baño. Así que eso había sido, pensó con un escalofrío mientras se lavaba la cara. El tigre se había colado en la cabaña mientras dormía. Se preguntó por qué no lo había matado o herido de gravedad. Con solo imaginarlo, las arcadas volvieron. Pero entonces sucedió algo todavía más sorprendente. 

Con la cara empapada, se miró en el espejo. Ahogó un grito de horror cuando descubrió los ojos rasgados del tigre en el reflejo.


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