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jueves, 4 de marzo de 2021

El pantano

 


La niebla que rodeaba al pantano esa mañana era tan espesa que apenas podía distinguir donde ponía los pies. Por delante de él su hermano silbaba una agradable melodía. Era evidente que estaba de buen humor. La espalda erguida de este y sus pasos seguros contrastaban con su propia falta de entusiasmo. No sabía cómo se había dejado convencer para esa excursión matutina. 

Distraído en sus pensamientos, resbaló y su pie se hundió en el fango del camino. Soltó una maldición y dejó caer la cesta a la vez que su boca se torcía con asco. No era una sensación demasiado agradable. Su hermano se detuvo a pocos metros al darse cuenta de que se detenía. Se giró para mirarlo y se llevó una mano a la boca en un intento por aguantar la risa. Aunque no estaba dando demasiados resultados.

-¡No te burles!-le dirigió una mirada asesina mientras intentaba vaciar la tierra de la bota. 
-Está claro que no eres un hombre de campo.-su hermano se secó las lágrimas.

Él apartó la vista con las mejillas enrojecidas. Si había algo que gustara más a su hermano que la naturaleza era reírse a su costa. 

-Vamos-lo animó cuando volvió a ponerse el calzado-Los peces nos están esperando.-con una sonrisa, alzó por encima de su cabeza las dos cañas de pescar. 

Él asintió en silencio. Con el ceño todavía fruncido, cogió de nuevo la cesta y lo siguió.

Su hermano se sentó cerca de la orilla. Dejó las cañas a un lado, se quito las botas y los calcetines y metió los pies en el agua con un suspiro de alivio. Él se asomó con cautela. El agua verdosa estaba demasiado revuelta como para ver el fondo. Dudó. Miró de reojo a su hermano. No se le veía especialmente preocupado. Incluso había empezado a chapotear un poco, como si fuera un niño. Finalmente se decidió a imitarlo y abrió los ojos con sorpresa. El agua era realmente refrescante. Cerró los ojos y sonrió. Su hermano aprovechó ese momento de paz para salpicarle y volvió a abrir los ojos para mirarlo con desprecio. Ahora estaba empapado e incluso algunas algas se habían enredado en su cabello. 

-Yo de ti tendría cuidado. No vaya ser que te arrastre el monstruo del lago.-entre risas, volvió a tirarle agua. 

Harto de su comportamiento infantil, se puso en pie y se alejó de la orilla. 

-¡Vamos! Solo era una broma. 

No se dignó a darse la vuelta. Recogió sus cosas, dispuesto a emprender el camino de regreso sin él. Ya le había humillado suficiente por hoy. Escuchó un borboteo a su espalda que lo hizo detenerse con indignación. Los dientes le rechinaban de rabia. 

-¿Es qué nunca te cansas de hacer el tonto?
-Yo no he sido. 

Fue el ligero temblor de la voz de su hermano lo que le hizo darse la vuelta por fin. Él lo miraba a su vez. Estaba pálido. Ya no quedaba rastro alguno de picardía o juego en su rostro. Se acercó un poco más. El agua del pantano estaba más turbulenta que antes. Y justo bajo donde ellos se encontraban, ascendía una columna de verdes burbujas. 

-¿Qué...?-se agachó para ver mejor. 

Todo sucedió en cuestión de segundos. Su hermano pegó un grito que le heló la sangre. Intentó ponerse en pie, pero parecía que algo lo tenía sujeto por las piernas, que seguían sumergidas. El azul verdoso del pantano empezó a teñirse de rojo. Su hermano sollozo y se revolvió, intentando liberarse. Él fue a su lado y, cogiéndolo por las axilas, intentó levantarlo. 

-Por favor... Ayúdame...-aunque temblando, se agarró con fuerza a su camisa. Como si así evitase que el monstruo se lo llevase consigo. 

Ahora no era más que un niño asustado que apoyaba su cara en su hombro, llenándolo de lágrimas. En un último esfuerzo, alzó a su hermano. Cuando vio que un muñón ensangrentado sobresalía del agua sus fuerzas flaquearon.  Cerró los ojos un momento para detener las arcadas que le subían por la garganta. 

-¿Qué pasa? ¿Ha pasado algo verdad? ¡Dios! ¿Por qué no dices nada? ¡Dime algo! ¿Voy a morir, verdad? ¡Voy a morir!

Le hubiera gustado decir algo, lo que sea, para calmarlo. Pero no se vio capaz. Sus brazos temblaron antes de soltar a su hermano. Se arrepintió en el acto. Unas fauces enormes salieron a la superficie. Esta vez lo agarraron por el tronco. El agua del pantano ahogaron las últimas súplicas de su hermano. Él dio unos pasos hacia atrás. Temblaba tanto que tropezó y cayó de bruces al suelo. Como pudo se levantó y se alejó corriendo todo lo posible de la orilla. 





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