Tenía miedo. Y el miedo era poderoso. Tanto, que había cambiado su vida por completo. Y, a esas alturas, ya era prácticamente invencible. Él no era nada para hacerle frente. No era suficientemente valiente. Y ninguna eran sus posibilidades de vencerlo. Todavía recordaba cómo había empezado todo.
Esa mañana, por alguna razón que todavía ahora se le escapaba, el despertador no había llegado a sonar. Con un bostezo, se reincorporó en la cama y agarró a tientas el móvil que descansaba sobre la mesilla de noche que tenía a su lado. Pegó un brinco en cuanto vio la hora que le anunciaba la pantalla. Mierda, pensó. Se le hacía tarde. De un salto salió de la cama y se arregló con lo primero que encontró. No desayunó. No tenía tiempo para eso. Cogió sus cosas y salió disparado por la puerta. Hizo un repaso rápido de que lo llevaba todo a la vez que llamaba al ascensor. Bufó mientras esperaba a que llegará hasta la 4ª planta. Por fin, las puertas se abrieron y suspiró agradecido cuando comprobó que no había nadie. Tiempo más tarde se arrepentiría de estar solo. Las puertas volvieron a cerrarse tras él y le dio al botón de la planta baja. La voz mecánica del ascensor, como de costumbre, anunció su descenso.
Así bajaron a la 3ª planta. A la 2ª. Nadie se subió en ninguna de esas paradas. Él miraba inquieto el panel de botones y el móvil. Mierda. Iba a llegar tarde. Muy tarde. Y aquello iba demasiado lento. Resopló y puso los ojos en blanco. Tal vez debería haber cogid...
Entonces todo se detuvo. De forma brusca, el ascensor se paró entre la 1ª planta y el bajo. Del impulso, perdió el equilibrio y fue a chocarse con la pared de delante. Se llevó una mano temblorosa a la nariz que ahora le sangraba. Trastabillando, consiguió llegar al panel de control y pulsar el botón de emergencia. Una, dos. Hasta tres veces. Golpeó la puerta desesperado. Gritó. Pero nadie acudía en su ayuda. Estaba sudando tanto que se le empapó la camisa. Las piernas le temblaban y notó que empezaba a faltarle el aire. Miró a su alrededor. No, aquello no podía ser. ¿El ascensor se había vuelto más pequeño de repente? Se llevó una mano a la frente. Empezaba a sentirse mareado. Y allí estaban otra vez. Las paredes se movían, estaba seguro. Se acercaban más y más a él, buscando aplastarlo para siempre. Se dio cuenta de que estaba llorando y sorbió por la nariz. El corazón le iba a mil y nunca se había sentido tan asustado. Desesperado, volvió a golpear las paredes que lo acechaban y gritó. Ya empezaba a sentir la garganta irritada. Aun así él siguió gritando, con la vaga esperanza de que alguien pudiera escucharlo.
Y de pronto, el frío. Un escalofrío recorrió su espalda y él se quedó en silencio. Había alguien más allí. Pero eso no era posible... ¿o sí? La figura se acercó y él cerró los ojos con fuerza. No podía dejar de temblar. Sintió un aliento frío sobre su nuca y el vello se le erizó. Intentó balbucear algo, unas últimas palabras, pero la voz le temblaba tanto que no fue capaz.
Como si nada hubiera pasado, el ascensor continúo su descenso hacia la planta baja y las puertas se abrieron por fin. Él abrió los ojos y se precipitó al exterior, con el corazón todavía en la garganta. Se atrevió a mirar hacia el interior, pero allí no había nadie y parecía que las paredes habían regresado a su estado original. Negó con la cabeza. Pero estaba seguro de que...
Todavía le producía escalofríos pensar en aquel día. Con un suspiro, empujó la puerta del edificio para entrar en el vestíbulo. Se detuvo un momento cuando vio el ascensor al fondo. En ese momento, sus puertas se abrieron, como desafiándolo a entrar. Un sudor frío le cubrió la frente y él negó con la cabeza, en un intento por apartar aquellos pensamientos. Giró sus pasos hacia las escaleras que tenía a su izquierda y subió hasta la 4ª planta.







