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jueves, 2 de julio de 2020

Cuervos

Aquella noche era especialmente gélida, con un helor que se le calaba en los huesos. Aun así, no cerró la ventana. No tenía fuerzas para hacerlo. Tumbado sobre el colchón, las horas pasaban con lentitud mientras su mirada vagaba por el techo triste y gris. Hacía noches que no podía dormir. No sabía qué hora marcaba el reloj. Tampoco le importaba. 

Entonces un cuervo se posó sobre el alfeizar de la ventana. Su graznido llamó su atención e hizo que se reincorporara sobre la cama para verlo mejor. El ave fijó sus enormes ojos brillantes en él. A este pronto se le sumó un segundo cuervo. Y un tercero, y un cuarto... Muy pronto, eran tantos que se apretujaban los unos contra los otros, luchando por un hueco en la pequeña repisa. Él quedó totalmente sentado sobre las sábanas, contemplando la inaudita escena. Su corazón comenzó a latir más deprisa, como queriendo advertirlo de un peligro inminente. 

Como si hubieran estado a la espera de una señal, toda la bandada a una saltó sobre él, con sus afilados picos y garras por delante. Gritó, pero por encima de él, los graznidos de los cuervos se convirtieron en palabras y miedos que creía haber enterrado para siempre pero que, una noche más, regresaban para destrozarlo. 

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