De pie frente al espejo, hizo una mueca y frunció el ceño. No estaba conforme con la imagen que le devolvía el reflejo.
La veía demasiado frágil. Demasiado imperfecta.
Se miró las palmas de las manos, con unos dedos tan finos que parecían hechos de cristal.
Hacía tiempo que se sentía así. Tan ligera, tan débil, que solo una ligera brisa hubiese bastado para romperla. Sonrío para sí ante esa idea. Pues por dentro hacía ya mucho que se había quebrado.
Con un movimiento brusco de cabeza, apartó la vista del espejo, como si el solo hecho de mirarse la quemara.
Entonces lo vio sobre la mesita de noche. El martillo que había cogido esa mañana de la caja de herramientas. Lo cogió con una mano temblorosa, situándose de nuevo frente al espejo. Todo su cuerpo temblaba, en realidad, como una hoja sacudida por el viento. Ese viento que podía romper su frágil cuerpo de cristal.
Con una rabia inusitada, cargó el martillo contra el espejo, rompiéndolo en mil pedazos en un grito desgarrador. Algunos cristales saltaron y se clavaron en su piel, pero no le importó. Ahora la imagen sí que se correspondía con la realidad.
El espejo estaba roto. Igual que ella.
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