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jueves, 9 de julio de 2020

El faro

El manto de nubes grises que cubría el cielo suponía un presagio de la tormenta que se avecinaba. Esta se dejaba entrever también en la ferocidad con la que las olas golpeaban una y otra vez la costa, rompiéndose contra las rocas negras. 

La tempestad se avecinaba y eso significaba que, una vez más, la luz del faro debería guiar a los barcos hasta puerto seguro esa noche. 

El vigilante, ya un viejo conocido del oficio, dejó vagar su vista en el horizonte, que cada vez se volvía más oscuro. Fue entonces cuando la vio. Parpadeó dos veces, incrédulo ante lo que veían sus ojos. Por un segundo, lo achacó al desgaste del trabajo y de la edad. Impulsado por un mal presentimiento, descendió del faro. 

Y allí estaba. Con los pies descalzos, de pie sobre una roca en la que las olas chocaban con violencia, observando el mar. Llevaba un vestido blanco vaporoso que relucía aún más su piel pálida. Su pelo rubio enmarañado parecía haber perdido el brillo tiempo atrás y caía con elegancia a su espalda. 

El vigilante contempló a la muchacha en silencio. Se acercó a ella con cautela. Temía que fuera a desvanecerse con cualquier movimiento brusco. Sin embargo, antes de que pudiera articular siquiera una palabra, la joven alzó uno de sus brazos, apuntando a la inmensidad del océano que se abría ante ellos. 

El hombre siguió la dirección que apuntaba el dedo de la joven. Tenía una palpitación extraña en las sienes y la frente sudorosa. En la lejanía, le pareció distinguir unas manchas negras. Barcos, pensó. 

En ese momento, la luz del faro a su espalda parpadeó hasta apagarse por completo. Regresó corriendo a su puesto, pero ya nada pudo hacer para que volviera a funcionar. 

Para cuando volvió a mirar, la chica había desaparecido. 

Los barcos se hundieron sin remedio. 

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