Exhausto por la caminata, se detuvo en una roca junto al río que serpenteaba a su lado. Se secó el sudor que perlaba su frente con el dorso de la mano y entrecerrando los ojos miró hacia arriba para confirmar que el sol estaba en su punto más alto. Con un quejido, dejó la pesada mochila a su lado. Resopló y apartó la vista del resplandeciente astro. Una parte de él se arrepentía de haber emprendido ese viaje, lejos de los suyos. Pero otra muy distinta rebosaba de entusiasmo, convencida de que, en algún lugar de aquel bosque, encontraría la libertad que tanto ansiaba.
Decidió quitarse los zapatos y los calcetines y sumergir los pies en el agua. El calor era asfixiante. La razón le pedía a gritos que volviera atrás, que abandonara su alocada empresa. Pero el corazón era más fuerte, y le instaba a seguir hacia delante. Mientras se regodeaba en aquella sensación, paseó la vista por la cúpula verdosa que creaba la arboleda sobre su cabeza, dejando entrever apenas un retazo azul de cielo. Aun así, pensó, no era suficiente densa como para frenar los rayos del sol. Y en parte lo agradecía. No quería ni imaginar lo que hubiera sido de él si se hubiera visto obligado a caminar a ciegas por el bosque.
Una ligera brisa se alzó entonces, dándole una tregua. Él inspiró hondo y cerró los ojos para disfrutar al máximo del aquel agradable frescor. Continuaba con los pies sumergidos en el río y el agua empezó a burbujear de forma extraña, pero él no pareció darse cuenta. Hacía tiempo que no se sentía tan en paz y no quería dejar escapar ese momento.
Apenas fue consciente de cómo sus pies se alargaban y sus dedos se estiraban, buscando desesperadamente unirse a la tierra. Su pelo se fue haciendo cada vez más claro, pasando de un castaño oscuro al dorado de las hojas de los árboles que lo rodaban en una especie de acogedor abrazo. Pequeñas ramas con brotes surgieron de su cuerpo, envolviéndolo casi por completo. Sus raíces se aferraron con una fuerza inusual al terreno que hace unos instantes había estado bajo sus pies. El viento sacudió las copas de los árboles, como si quisieran darle la bienvenida al nuevo miembro del bosque. Él continuó con los ojos cerrados, dejándose llevar. El sol ya no le parecía tan molesto.
Se sentía en paz. Había encontrado la libertad que tanto buscaba.
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