Pese a la intensidad de las luces que apenas dejaban ver las estrellas, aquella era una noche especialmente oscura.
Arropado por el ruido y la actividad frenética del tráfico salió al balcón, en busca de algo de paz en aquella ciudad que nunca dormía. Se apoyó contra la barandilla de hierro y dejó vagar la mirada en las luces que se extendían bajo él durante unos segundos. Después, metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de tabaco. Sacó un cigarrillo y jugueteó con él entre los dedos antes de decidirse a llevárselo a los labios. Aun así, todavía tuvo que pasar un rato hasta que se decidiera a encenderlo.
Expulsó entonces el humo hacia aquel cielo sin luna, ajeno a la ajetreada vida que parecía tener el resto del mundo. El humo ascendió hasta situarse encima de su cabeza, tomando formas imposibles. Dragones, pegasos y otros animales fantásticos que parecían dispuestos a alejarlo con sus alas de esa realidad que lo torturaba.
Dejó que lo envolviera con cada calada, sintiendo que sus propios pies se elevaban unos centímetros del suelo. Se dejó arrastrar, como el humo, por el viento, sintiéndose más ligero y más libre.
Pero el humo es efímero. Como también lo son muchos sueños.
Para cuando el cigarrillo no era más que una colilla, se volvía a sentir atado a la tierra y, junto al humo, no solo se habían desvanecido las criaturas. También lo había hecho su oportunidad para escapar de allí.
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