Con el pulso acelerado por si le descubrían, se asomó a la que pequeña rendija de su prisión, que le ofrecía una vista pobre y encuadrada del mundo exterior. Ese mundo del cual se había recluido.
Ya no recordaba si lo habían encerrado ellos o si el miedo lo había empujado a hacerlo por voluntad propia. Pero el caso era que hacía ya tiempo que aquellas tristes paredes grises forman parte de su vida. Sus apagados colores ya se habían fundido con él, engulliéndolo y apagando la débil voz que todavía le quedaba.
Con un suspiro resignado, se retiró de la puerta y apoyó la espalda en la pared. Se sentó en el suelo y se cogió con fuerza las rodillas. No sabía cuánto tiempo más podría ser capaz de soportar aquello. Desde fuera, le llegaban los sonidos de la tormenta. No había dejado de llover desde que empezara su condena. Sentía que algo dentro de él se moría. Y lo peor de todo es que él no pensaba hacer nada por evitarlo. No podía, se dijo tratando de convencerse inútilmente. Debía dejar que su brillo se marchitara. Que se apagara para siempre. Ese ere el motivo de su encierro. De su condena. Eso era lo correcto.
¿Lo correcto? Todavía se preguntó antes de caer irremediablemente dormido.
Y, por una noche, no soñó con que las paredes lo aplastaban ni con que la lluvia implacable de la tormenta lo ahogaba. Soñó que era libre. De su espalda surgían dos alas de mariposa que le permitían alejarse para siempre de su prisión. Ya nunca más tendría que esconderse, se dijo. La gente miraría con fascinación, y puede que con envidia, sus hermosas alas. Las alas que le habían hecho libre. Y a quien no le gustara, que no mirara. Pero él era libre. Por fin era libre.
Entonces despertó del sueño. Se miró la espalda, esperanzado, para confirmar con decepción que en efecto nada de eso había pasado. Notaba, sin embargo, que algo dentro de él sí que había cambiado. Como si una nueva corriente de vida recorriera sus venas.
Todavía dudando, se reincorporó y colocó con suavidad la mano en la pared en la que momentos antes había estado apoyado. Las cuatro paredes del armario temblaron con violencia antes de derrumbarse, una por una. Fuera había dejado de llover y había salido el arco iris. Era libre.
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