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jueves, 11 de junio de 2020

Gritos

Su paso era inestable. Se tambaleaba. Y tras él, dejaba un reguero negro y triste, sin vida. 

Hacía tiempo que había perdido la consistencia de su propio cuerpo, convirtiéndose en una mole flácida que ni siquiera era capaz de mantener su tronco erguido. Su hombro derecho rozaba el suelo de tal modo que sus dedos acariciaban, o más bien arañaban, el asfalto. Sus piernas, aunque todavía le permitían moverse y caminar, lo hacían de un modo extraño. Daba la sensación de que, de un momento a otro, fueran a enredarse y hacerle caer. 

La extraña criatura en la que se había convertido vagaba sin rumbo fijo, penitente. Su cuerpo burbujeaba como si el líquido que ahora lo formaba estuviera ardiendo. Se moldeaba, cambiaba. Lo iba consumiendo. Hacía desaparecer los pocos rasgos humanos que en él quedaban. Sus dedos se alargaban y desaparecían. Sus ojos se fundían en un rostro en el que ya no quedaba nada. Su alma se encogía en su interior como un niño asustado, enferma de esa oscuridad que la había infectado. 

En un momento dado, el monstruo se detuvo. Giró su deforme cabeza a todos lados. Aunque nada pudiera reflejarlo ya en el que fuera su rostro, parecía realmente angustiado. Los sentía. Sentía a la gente a su alrededor. ¿Pero, por qué no podían verlo? Dejó caer el fluido que una vez había formado sus hombros, derrotado, y su cabeza se inclinó ligeramente hacia atrás. Los tentáculos negros que lo asfixiaban con su abrazo mortal se separaron ligeramente, permitiéndole emitir un desgarrador grito que a cualquiera le hubiera helado la sangre. 

Si tan solo alguien lo hubiera escuchado. 

Porque él sigo gritando y gritando, en un último intento de pedir socorro, a pesar de que sabía que ya era demasiado tarde. Pero nadie parecía verlo. Nadie parecía escuchar sus gritos. 

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