Sentada en el suelo a los pies de su cama, se dejó golpear por la abrumadora soledad de su cuarto. Entre sus dedos jugueteaba con una cerilla. La caja descansaba a pocos metros y la cogió para encenderla. Una llama leve iluminó la estancia, alargando las sombras y deformando su rostro.
Acercó la cerilla encendida sobre su piel. No pudo evitar contener el aliento, aunque era algo que ya había hecho otras veces. El fuego acarició su piel, pero no la dañó. Las llamas recorrieron su antebrazo hasta la punta de sus dedos, fundiéndose en uno solo.
Dejó de nuevo la caja de cerillas a su lado y se quedó mirando las palmas de sus manos. Pequeños destellos de luz de vez en cuando las envolvían. Se concentró en esa luz. En el calor que abrasaba sus venas. En la rabia que alimentaba su fuego, que la condenaba a la soledad de esa habitación. Como si se tratara de una hoguera, las puntas de su cabello se incendiaron. Toda su piel, al rojo vivo, se fundió como la lava de un volcán.
Apenas había comenzado cuando el estridente sonido de la alarma antiincendios apagó bajo una cortina de agua el fuego que la consumía. Se llevó las manos al rostro y ahogó un grito de frustración mientras, al otro lado del cristal, los hombres y mujeres de bata blanca tomaban nota del comportamiento de su experimento.
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