El tiempo pasaba de forma lenta y
pausada, pero constante.
Se había sentado en el suelo
cóncavo de cristal con las piernas cruzadas, como si fuera el honorable jefe de
una tribu india. Estiró los brazos hacia delante y dejó que los granos de arena
se le colasen entre los dedos. Cogió todo lo que su palma fue capaz y luego la
dejó caer, lentamente, como si fuera una cascada, ante él. Repitió el mismo
proceso, una y otra vez. A cada segundo que pasaba, había más arena. Tanta, que
muy pronto ya no fue capaz de abarcarla solo con una mano.
Alzó la cabeza hacia arriba y se
vio obligado a entrecerrar los ojos a causa del brillo lejano pero potente del
sol reflejado en las paredes curvilíneas de transparente cristal. El goteo de
arena desde el otro lado seguía siendo constante y se preguntó cuánto tiempo
pasaría hasta que fuera completamente enterrado por ella. Esperaba que fuera
pronto. Porque sabía que, cuando eso sucediera, el reloj de arena daría la
vuelta y todo volvería a empezar.
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