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viernes, 3 de abril de 2020

Reloj de arena


El tiempo pasaba de forma lenta y pausada, pero constante.

Se había sentado en el suelo cóncavo de cristal con las piernas cruzadas, como si fuera el honorable jefe de una tribu india. Estiró los brazos hacia delante y dejó que los granos de arena se le colasen entre los dedos. Cogió todo lo que su palma fue capaz y luego la dejó caer, lentamente, como si fuera una cascada, ante él. Repitió el mismo proceso, una y otra vez. A cada segundo que pasaba, había más arena. Tanta, que muy pronto ya no fue capaz de abarcarla solo con una mano.

Alzó la cabeza hacia arriba y se vio obligado a entrecerrar los ojos a causa del brillo lejano pero potente del sol reflejado en las paredes curvilíneas de transparente cristal. El goteo de arena desde el otro lado seguía siendo constante y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que fuera completamente enterrado por ella. Esperaba que fuera pronto. Porque sabía que, cuando eso sucediera, el reloj de arena daría la vuelta y todo volvería a empezar.

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