La carta había llegado sobre las doce. Había visto cómo se colaba por la rendija de la puerta cuando iba a dar de comer al gato. Y allí seguía, en el suelo frente a él. Todavía no se había atrevido a abrirla. La presencia del sobre blanco sin abrir lo incomodaba de alguna manera. ¿Quién mandaba cartas a esas alturas, de todas formas? Se preguntó cambiando el peso de una pierna a otra.
Eso no podía seguir así, se dijo. Estaba siendo ridículo. Cogió aire y respiró profundamente. Sería mejor que lo hiciese cuanto antes, no sin antes tomar las precauciones convenientes. Desde el otro lado del pasillo, el gato observó con aires de suficiencia cómo su dueño empapaba el sobre y su interior del spray desinfectante que lo acompañaba desde hacía meses a todos lados. El gato maulló y enroscó la cola, en un intento en vano por llamar la atención de su amo, pues su cuenco seguía vacío.
Ajeno a los pensamientos del felino, dejó el spray a un lado y se agachó finalmente a coger el sobre. Lo abrió con cuidado, como si temiera que una nueva oleada de microbios y germenes pudieran salir de su interior y contagiarlo. Entonces, de su interior salió una silueta llena de luz y de color. Incluso el gato olvidó por un momento su indignada pose y se acercó hasta sus pies para contemplarla mejor. Sus ojos se humedecieron al reconocerla. El sobre, que todavía sostenía en una de sus manos, cayó al suelo, pero él no se dio cuenta.
La figura le rodeó con sus brazos, estrechándolo en un abrazo. En un abrazo que se sentía lejano, como un eco, pero a la vez tan cerca, tan cálido, que le estremecía el alma.
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