Entre pétalos de mil colores y la calidez de los rayos de primavera, ella brincaba y volaba. Bailaba hondeando los pliegues de su vestido amarillo, que se mecía con la ligera brisa. Sus pequeñas alas transparentes se desplegaban a su espalda, elevándola ligeramente del suelo cada pocos pasos.
Se detuvo un instante y cerró los ojos para concentrarse en el olor que buscaba. Inspiró hondo y los volvió a abrir. Aprovechó el momento y subió sus medias de rayas negras, que le llegaban por encima de la rodilla.
Temblando de emoción y con una amplia sonrisa, tomó carrerilla a la vez que volvía a abrir sus alas, volando todavía más alto en el cielo. Todo su cuerpo vibró y, con un tirabuzón perfecto, la abeja aterrizó en la mullida almohada del polen.
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