Salió del edifico con paso lento, sin prisa, sabiéndose invencible. En cuanto cruzó el umbral de las puertas del banco, cientos de haces de luces rojas y azules la cegaron. Sin dejar de sonreír, se llevó una mano a la frente para ver mejor.
-¡Arriba las manos! ¡No dé ni un paso más!-le advirtió uno de los policías, con el arma en alto y parapetado detrás de su coche-¡Está rodeada! ¡Será mejor que se rinda!
Su sonrisa se volvió más amplia y se llevó la mano de la frente a los labios para intentar reprimir una pequeña carcajada.
-¡Dejé el dinero en el suelo y nadie saldrá herido!-volvió a dirigirse a ella el policía, haciendo referencia a la enorme bolsa de cuero que sujetaba con la otra mano.
Pese a que la voz del hombre sonaba firme, su rostro estaba pálido y sudoroso. La mano que sujetaba la pistola temblaba con violencia y su corazón retumbaba con fuerza dentro de su pecho.
-¡Se lo advierto!-en esta ocasión, no consiguió disimular el temblor que también impregnaba su voz-¡Contaré hasta tres! ¡Uno!
Ella no se inmutó. Le devolvió una mirada, no desafiante, sino cargada de sarcasmo. Su sonrisa se volvía a cada segundo más amplia en su rostro.
-¡Dos!
A su alrededor, el resto de compañeros pusieron a punto sus armas. Todos los focos de luces seguían centrados en ella, la estrella de esa redada.
-¡Tres!
En ese momento, como si formara parte de un cruel juego, su mano soltó la bolsa con el dinero. Todos los policías, fruto de una coordinación imposible, apretaron el gatillo a la vez. Pero fue una sola bala la que atravesó limpiamente su pecho. La chica, sin embargo, continuó de pie, impasible, ante la mirada de terror de los hombres y mujeres que la rodeaban.
La bala había atravesado su corazón. Pero no la había matado. Al fin y al cabo, pensó sonriendo, estaba hecha a prueba de ellas.
-¡Arriba las manos! ¡No dé ni un paso más!-le advirtió uno de los policías, con el arma en alto y parapetado detrás de su coche-¡Está rodeada! ¡Será mejor que se rinda!
Su sonrisa se volvió más amplia y se llevó la mano de la frente a los labios para intentar reprimir una pequeña carcajada.
-¡Dejé el dinero en el suelo y nadie saldrá herido!-volvió a dirigirse a ella el policía, haciendo referencia a la enorme bolsa de cuero que sujetaba con la otra mano.
Pese a que la voz del hombre sonaba firme, su rostro estaba pálido y sudoroso. La mano que sujetaba la pistola temblaba con violencia y su corazón retumbaba con fuerza dentro de su pecho.
-¡Se lo advierto!-en esta ocasión, no consiguió disimular el temblor que también impregnaba su voz-¡Contaré hasta tres! ¡Uno!
Ella no se inmutó. Le devolvió una mirada, no desafiante, sino cargada de sarcasmo. Su sonrisa se volvía a cada segundo más amplia en su rostro.
-¡Dos!
A su alrededor, el resto de compañeros pusieron a punto sus armas. Todos los focos de luces seguían centrados en ella, la estrella de esa redada.
-¡Tres!
En ese momento, como si formara parte de un cruel juego, su mano soltó la bolsa con el dinero. Todos los policías, fruto de una coordinación imposible, apretaron el gatillo a la vez. Pero fue una sola bala la que atravesó limpiamente su pecho. La chica, sin embargo, continuó de pie, impasible, ante la mirada de terror de los hombres y mujeres que la rodeaban.
La bala había atravesado su corazón. Pero no la había matado. Al fin y al cabo, pensó sonriendo, estaba hecha a prueba de ellas.
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