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domingo, 20 de septiembre de 2020

Un mundo feliz

 


El reto lector de este mes consistía en leer un libro de ciencia ficción y mi elección en esta ocasión ha sido Un mundo feliz, de Aldous Huxley, otro de mis eternos pendientes. 

Sinopsis: Un mundo feliz es un clásico de la literatura de este siglo, una sombría metáfora sobre el futuro. La novela describe un mundo en el que finalmente se han cumplido los peores vaticinios: triunfan los dioses del consumo y la comodidad y el orbe se organiza en diez zonas en apariencia seguras y estables. Sin embargo, este mundo ha sacrificado valores humanos esenciales, y sus habitantes son procreados in vitro a imagen y semejanza de una cadena de montaje. 

Puede que una de las cosas que más me han llamado la atención de este mundo distópico sea la manipulación a nivel genético que la población sufre desde sus primeros minutos de vida. El concepto de familia como tal ha dejado de existir y la concepción natural ha sido repudiada y sustituida por los avances tecnológicos. Los futuros miembros de la sociedad son condicionados desde el desarrollo embrionario en función de la casta a la que pertenezcan, manipulando la cantidad de oxígeno que reciben o incluso su posición dentro del frasco en el que se encuentran. De este modo, se les enseña a aceptar su realidad y a incluso sentirse felices con ella, convirtiendo a estos en un engranaje más del enorme sistema social al que están sometidos. Todo este complejo proceso, que se describe en las primeras páginas de la novela, ha sido lo que más me ha llamado la atención y lo que más me ha gustado con diferencia.

Por otra parte, tal y como se nos describe en su sinopsis, en esta sociedad distópica el consumismo constituye su columna vertebral y la que la mantiene en funcionamiento. Desde el ocio hasta el transporte y el trabajo están pensados para que se gaste continuamente. Todos aquellos pasatiempos que no requerían del consumo fueron eliminados y se condiciona a los niños para que no se vean atraídos por ellos.  Junto al auge en nuestro presente de las fecundaciones in vitro, este segundo punto consigue hacer saltar la alarma al lector, pues no son pocas las similitudes

Los ciudadanos que encontramos en Un mundo feliz, como su título indica, aseguran ser felices. Pero esta felicidad no es más que pura fachada. No son conscientes de su propia falta de libertad y junto al uso de la soma, una droga que los ayuda a evadirse de los malos sentimientos, les hace creer su propia mentira. Y es precisamente esto lo que convierte en algo tan peligroso la dictadura en la que viven. No son más que una cáscara vacía, sin voluntad propia, y así nos lo hace ver Bernard, uno de sus personajes principales, al inicio de la novela. Bernard se resiste a caer presa de los entretenimientos del consumismo y del soma.

Sin embargo, he de decir que, a mi parecer, tanto la evolución de este personaje como la de Lenina, dejan mucho que desear. Pues aunque en algunos aspectos resultan clave para el desarrollo de la historia, me parecieron planos en ciertos puntos (especialmente Lenina) y esperaba mucho más de ellos. 


Por último, destacar que el final, aunque lo veía venir unas cuantas páginas atrás, es otra de las cosas que más me ha impactado de esta lectura. 

En definitiva, ha sido una novela más que interesante y que nos hace replantearnos mucho de los aspectos de nuestro día a día, así como lo que puede depararnos en el futuro



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