Había empezado a llover. Apenas eran cuatro gotas pero intuyó que no tardaría en convertirse en una tormenta. Apretó el paso y se caló bien la capucha que le cubría completamente el rostro.
Tal y como había sospechado, muy pronto empezó a llover con más fuerza. Pese a ello, las calles seguían abarrotadas de gente a la que ahora se sumaban los paraguas. Él no tenía ninguno pero no le importó mojarse. Sabía que no lo necesitaba.
Por pura costumbre, se abrió paso dando codazos. Ni un solo viandante se giró para mirarlo o le reprochó su comportamiento. Apenas si parecían notar que había pasado por su lado. Era como si no existiera.
Para cuando por fin llegó a las afueras de la ciudad, los relámpagos iluminaban el cielo encapotado. La lluvia caía con violencia. Debería estar empapado. Y sin embargo, su ropa y su piel seguían igual de secas que esta mañana. Alzó la vista al cielo y torció la boca en una mueca. Las gotas de lluvia parecían rehuir su rostro a toda costa.
Se miró una de sus manos. Transparente, incorpórea como el humo.
Poco a poco, se fue perdiendo el débil contorno de sus dedos. Después fue la muñeca, el brazo y el hombro. Y así hasta que desapareció, se desvaneció por completo.
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