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jueves, 24 de septiembre de 2020

Luciérnaga

 Se despertó desorientada y con un fuerte dolor de cabeza. 

Intentó ponerse en pie, pero el mundo le daba vueltas y descartó en seguida la idea. Se llevó una mano a la frente. La tenía ardiendo. Bajó la vista hacia su vestido de fiesta. Había dejado de ser brillante y de vivos colores. El gris y el negro habían sustituido al dorado y al violeta. 

Frunció el ceño en un intento por recordar. ¿Qué había pasado la noche anterior?

Había salido de fiesta con unas amigas. Habían estado bailando toda la noche. El brillo de sus vestidos desafiaba al de la luna y las estrellas. Conoció a un chico. Se alejaron un poco para tener más intimidad y... 

Con una mueca, se masajeó las sienes. De nuevo aquel terrible dolor de cabeza... 

Hizo un esfuerzo y, tambaleante, se puso en pie. Miró a su alrededor. Nada. Solo un espacio vacío y blanco. Las piernas le temblaban. Se sentía exhausta, pero aun así trató de caminar un poco. 

El golpe que se llevó en la frente la hizo espabilar. Extendió las manos y el corazón le dio un vuelco al descubrir la pared de cristal. Dio una vuelta sobre sí misma y descubrió, horrorizada, que estaba atrapada. 

De repente, el suelo tembló y ella, asustada, retrocedió al ver acercarse una enorme cara sonriente. 

El niño, contento, dio unos golpecitos en el frasco de cristal donde había atrapado a la desprevenida luciérnaga. 

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