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jueves, 17 de septiembre de 2020

El timbre

Todavía somnoliento, se reincorporó en la cama con un bostezo. Se levantó y subió la persiana para dejar que entrara el sol de la mañana. Solo entonces se dio cuenta del silencio que pesaba en la habitación. Y de lo vacía que estaba. Su novio no estaba allí. 

Empezó a recordar. Poco antes de la hora de la cena, se había puesto el chándal para salir a correr. Él estaba algo cansado así que en esa ocasión no lo acompañó. Picó algo y estuvo matando el tiempo hasta que regresara, pero el sueño lo venció y poco después se fue a la cama. 

Lo invadió un mal presentimiento. Con el corazón encogido, se dirigió hacia la puerta de la entrada. Deseaba albergar la esperanza de que hubiera vuelto a casa y se hubiera ido antes de que él despertara. Pero sus deportivas no estaban allí. Y la ropa de deporte tampoco estaba junto a la ropa sucia. 

Tenía ya el móvil en la mano para llamarle cuando el ruido del timbre le hizo pegar un salto. Su corazón se saltó un latido. Con las palmas de las manos llenas de sudor, abrió. Ni siquiera descolgó el aparato. Tenía que ser él. ¿Quién sino podría ser a esas horas de la mañana? Tal vez se le hubieran olvidado las llaves, tal vez... 

Abrió la puerta un segundo antes de que una figura oscura apareciera en el recibidor, helándole la sangre. 

Después, todo se volvió negro. 

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