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jueves, 24 de septiembre de 2020

Luciérnaga

 Se despertó desorientada y con un fuerte dolor de cabeza. 

Intentó ponerse en pie, pero el mundo le daba vueltas y descartó en seguida la idea. Se llevó una mano a la frente. La tenía ardiendo. Bajó la vista hacia su vestido de fiesta. Había dejado de ser brillante y de vivos colores. El gris y el negro habían sustituido al dorado y al violeta. 

Frunció el ceño en un intento por recordar. ¿Qué había pasado la noche anterior?

Había salido de fiesta con unas amigas. Habían estado bailando toda la noche. El brillo de sus vestidos desafiaba al de la luna y las estrellas. Conoció a un chico. Se alejaron un poco para tener más intimidad y... 

Con una mueca, se masajeó las sienes. De nuevo aquel terrible dolor de cabeza... 

Hizo un esfuerzo y, tambaleante, se puso en pie. Miró a su alrededor. Nada. Solo un espacio vacío y blanco. Las piernas le temblaban. Se sentía exhausta, pero aun así trató de caminar un poco. 

El golpe que se llevó en la frente la hizo espabilar. Extendió las manos y el corazón le dio un vuelco al descubrir la pared de cristal. Dio una vuelta sobre sí misma y descubrió, horrorizada, que estaba atrapada. 

De repente, el suelo tembló y ella, asustada, retrocedió al ver acercarse una enorme cara sonriente. 

El niño, contento, dio unos golpecitos en el frasco de cristal donde había atrapado a la desprevenida luciérnaga. 

domingo, 20 de septiembre de 2020

Un mundo feliz

 


El reto lector de este mes consistía en leer un libro de ciencia ficción y mi elección en esta ocasión ha sido Un mundo feliz, de Aldous Huxley, otro de mis eternos pendientes. 

Sinopsis: Un mundo feliz es un clásico de la literatura de este siglo, una sombría metáfora sobre el futuro. La novela describe un mundo en el que finalmente se han cumplido los peores vaticinios: triunfan los dioses del consumo y la comodidad y el orbe se organiza en diez zonas en apariencia seguras y estables. Sin embargo, este mundo ha sacrificado valores humanos esenciales, y sus habitantes son procreados in vitro a imagen y semejanza de una cadena de montaje. 

Puede que una de las cosas que más me han llamado la atención de este mundo distópico sea la manipulación a nivel genético que la población sufre desde sus primeros minutos de vida. El concepto de familia como tal ha dejado de existir y la concepción natural ha sido repudiada y sustituida por los avances tecnológicos. Los futuros miembros de la sociedad son condicionados desde el desarrollo embrionario en función de la casta a la que pertenezcan, manipulando la cantidad de oxígeno que reciben o incluso su posición dentro del frasco en el que se encuentran. De este modo, se les enseña a aceptar su realidad y a incluso sentirse felices con ella, convirtiendo a estos en un engranaje más del enorme sistema social al que están sometidos. Todo este complejo proceso, que se describe en las primeras páginas de la novela, ha sido lo que más me ha llamado la atención y lo que más me ha gustado con diferencia.

Por otra parte, tal y como se nos describe en su sinopsis, en esta sociedad distópica el consumismo constituye su columna vertebral y la que la mantiene en funcionamiento. Desde el ocio hasta el transporte y el trabajo están pensados para que se gaste continuamente. Todos aquellos pasatiempos que no requerían del consumo fueron eliminados y se condiciona a los niños para que no se vean atraídos por ellos.  Junto al auge en nuestro presente de las fecundaciones in vitro, este segundo punto consigue hacer saltar la alarma al lector, pues no son pocas las similitudes

Los ciudadanos que encontramos en Un mundo feliz, como su título indica, aseguran ser felices. Pero esta felicidad no es más que pura fachada. No son conscientes de su propia falta de libertad y junto al uso de la soma, una droga que los ayuda a evadirse de los malos sentimientos, les hace creer su propia mentira. Y es precisamente esto lo que convierte en algo tan peligroso la dictadura en la que viven. No son más que una cáscara vacía, sin voluntad propia, y así nos lo hace ver Bernard, uno de sus personajes principales, al inicio de la novela. Bernard se resiste a caer presa de los entretenimientos del consumismo y del soma.

Sin embargo, he de decir que, a mi parecer, tanto la evolución de este personaje como la de Lenina, dejan mucho que desear. Pues aunque en algunos aspectos resultan clave para el desarrollo de la historia, me parecieron planos en ciertos puntos (especialmente Lenina) y esperaba mucho más de ellos. 


Por último, destacar que el final, aunque lo veía venir unas cuantas páginas atrás, es otra de las cosas que más me ha impactado de esta lectura. 

En definitiva, ha sido una novela más que interesante y que nos hace replantearnos mucho de los aspectos de nuestro día a día, así como lo que puede depararnos en el futuro



jueves, 17 de septiembre de 2020

El timbre

Todavía somnoliento, se reincorporó en la cama con un bostezo. Se levantó y subió la persiana para dejar que entrara el sol de la mañana. Solo entonces se dio cuenta del silencio que pesaba en la habitación. Y de lo vacía que estaba. Su novio no estaba allí. 

Empezó a recordar. Poco antes de la hora de la cena, se había puesto el chándal para salir a correr. Él estaba algo cansado así que en esa ocasión no lo acompañó. Picó algo y estuvo matando el tiempo hasta que regresara, pero el sueño lo venció y poco después se fue a la cama. 

Lo invadió un mal presentimiento. Con el corazón encogido, se dirigió hacia la puerta de la entrada. Deseaba albergar la esperanza de que hubiera vuelto a casa y se hubiera ido antes de que él despertara. Pero sus deportivas no estaban allí. Y la ropa de deporte tampoco estaba junto a la ropa sucia. 

Tenía ya el móvil en la mano para llamarle cuando el ruido del timbre le hizo pegar un salto. Su corazón se saltó un latido. Con las palmas de las manos llenas de sudor, abrió. Ni siquiera descolgó el aparato. Tenía que ser él. ¿Quién sino podría ser a esas horas de la mañana? Tal vez se le hubieran olvidado las llaves, tal vez... 

Abrió la puerta un segundo antes de que una figura oscura apareciera en el recibidor, helándole la sangre. 

Después, todo se volvió negro. 

domingo, 13 de septiembre de 2020

Iron Flowers 2. De la furia a la victoria

 


Hace un par de semanas subía la reseña del libro que iniciaba esta bilogía como parte del reto lector de agosto. Hoy os traigo la segunda parte de las emocionantes aventuras de las hermanas Tessaro, Serina y Nomi.
Sinopsis: Expulsados por Asa, Nomi y Malachi se dirigen hacia una muerte cais segura. Ahora que Asa se sienta en el trono, nada le parará de asegurarse de que Malachi no regrese a palacio. Su única esperanza es encontrar a Serina, la hermana de Nomi, en la isla-prisión de Monte Ruina. Pero cuando llegan allí, no es un panorama de mujeres sometidas lo que encuentran, sino una isla en plena revuelta, liderada por Serina. 

La traición, el dolor y la violencia han cambiado a las dos hermanas, y las mujeres de Monte Ruina planean extender su venganza fuera de los confines de la prisión. Quieren hacer llegar su revolución a todo el reino, e iniciar una nueva era de libertad para todo. Pero antes deberán destruir a Asa, y solo Nomi sabe cómo conseguirlo. 

Separadas de nuevo, esta vez por voluntad propia, Nomi y Serina deben trazar sus caminos mientras despedazan este mundo injusto para construir sobre sus ruinas otro mejor. 

En esta novela, al igual que sucedía con la anterior, nos encontramos ante una lectura amena y que sabe mantener la tensión en el lector hasta el final. De igual modo, el camino que lleva hasta su desenlace está llevado prácticamente a la perfección

 Por otra parte, nuestras amadas protagonistas, Nomi y Serina, siguen contando con una evolución redonda, especialmente Serina, que dista mucho de la aspirante a Gracia que conocimos en el anterior libro. 

Por último, igual que sucedía con la primera parte de esta bilogía, se debe destacar el carácter fuerte de cada uno de los personajes femeninos que aparecen a lo largo de la novela, convirtiéndola en una historia inspiradora y muy necesaria

jueves, 10 de septiembre de 2020

Desvanecerse

 Había empezado a llover. Apenas eran cuatro gotas pero intuyó que no tardaría en convertirse en una tormenta. Apretó el paso y se caló bien la capucha que le cubría completamente el rostro. 

Tal y como había sospechado, muy pronto empezó a llover con más fuerza. Pese a ello, las calles seguían abarrotadas de gente a la que ahora se sumaban los paraguas. Él no tenía ninguno pero no le importó mojarse. Sabía que no lo necesitaba. 

Por pura costumbre, se abrió paso dando codazos. Ni un solo viandante se giró para mirarlo o le reprochó su comportamiento. Apenas si parecían notar que había pasado por su lado. Era como si no existiera. 

Para cuando por fin llegó a las afueras de la ciudad, los relámpagos iluminaban el cielo encapotado. La lluvia caía con violencia. Debería estar empapado. Y sin embargo, su ropa y su piel seguían igual de secas que esta mañana. Alzó la vista al cielo y torció la boca en una mueca. Las gotas de lluvia parecían rehuir su rostro a toda costa. 

Se miró una de sus manos. Transparente, incorpórea como el humo. 

Poco a poco, se fue perdiendo el débil contorno de sus dedos. Después fue la muñeca, el brazo y el hombro. Y así hasta que desapareció, se desvaneció por completo. 


jueves, 3 de septiembre de 2020

El camino

 Aquella noche había luna llena, pero el cielo estaba tan nublado que su luz apenas la iluminaba. 

Se le había hecho más tarde de lo que pensaba. Había tenido suerte de encontrar aparcamiento cerca de su casa pero, aun así, todavía tenía que andar un par de calles hasta llegar al portal. Se aseguró de que el coche estaba bien cerrado. Era muy despistada y no sería la primera vez que se iba y dejaba las puertas abiertas. Echó a caminar, sola y en silencio. 

La calle estaba desierta y aquello la inquietó. Inconscientemente, apretó el paso. Quería llegar cuanto antes. Había hecho ese mismo camino miles de veces. Sin embargo, le daba la sensación de que la calle se alargaba indefinidamente, alejándola de su destino. Se detuvo en un semáforo en rojo para dejar pasar al camión de la basura. Solo le quedaba ese cruce y llegaría a casa. El corazón le latía desbocado. 

Miró por encima de su hombro. Nadie. La calle seguía desierta. Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que alguien la estaba siguiendo? ¿Se estaba volviendo paranoica? 

Miró un par de veces a izquierda y derecha y cruzó. Ya casi estaba. Solo un poco más. 

Suspiró cuando por fin llegó al portal. El camino se le había hecho eterno... Rebuscó las llaves en el bolso. Le sudaban las manos. Solo cuando fue a meterlas en el cerrojo y se le cayeron al suelo se percató de que estaba temblando. Oyó un ruido a su espalda y se puso tensa. Se le erizaron los pelos de la nuca y se reincorporó de golpe. El camión de la basura estaba en la acera de en frente, junto a los contenedores, y ella se rió de su propia estupidez. 

Abrió la puerta y se metió en el rellano. Por fin. En casa. Sana y salva. 

Le dio al interruptor para encender la luz. Una, dos, hasta tres veces. Pero la luz no se encendía. Extrañada, fue a dirigirse al ascensor cuando le pareció vislumbrar un rostro en la oscuridad. Alguien le tapó la boca antes de que pudiera gritar.