El día que Carlos se asomó a la ventana y vio que caían balas del cielo, supo con certeza que era el principio del final.
Y no se trataba de una simple metáfora. Literalmente llovían balas de todo tipo de calibre. La gente huía despavorida en las calles, en busca de un refugio.
De poco servían ya los paraguas convencionales que abandonaban en mitad de la carrera, ya que más bien nada podían hacer estos contra la metralla que caía del cielo.
A la lluvia de balas se le unía la de los cristales de las ventanas y los escaparates. El caos se apoderaba también de la calzada y los conductores, perplejos ante lo que veían sus ojos, chocaban los unos contra los otros, presas del pánico.
Carlos se apartó de la ventana en el mismo instante en el que esta se hacía a añicos. No resultó herido de milagro. Todavía a una distancia prudencial, siguió contemplando la masacre que se cernía sobre las calles.
Aquello solo era el principio del final.
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