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jueves, 27 de agosto de 2020

La chica sin rostro

Los vaivenes del autobús, que estaba lleno a rebosar, le hicieron estar a punto de perder el equilibrio en más de una ocasión. Se había agarrado con tanta fuerza a la barra con los nudillos se le habían quedado blancos. Un frenazo hizo que su cuerpo volviera a precipitarse hacia delante. Soltó un bufido al ver que las puertas se abrían para dejar entrar a más pasajeros en aquella lata de sardinas. ¿Es que el conductor no se daba cuenta de que apenas podían respirar? No veía el momento de llegar a su destino, al que todavía le quedaban un par de paradas. 

Se quedó mirando distraída a la gente que se abría paso entre codazos por el estrecho pasillo. Hasta que una larga cabellera rubia llamó su atención. La chica quedó de espaldas a ella, de modo que fue incapaz de verle el rostro. Pero tenía un pelo precioso, pensó. Vestía una falda de tul negra y, encima de esta, un jersey rosa chicle a conjunto con dos sandalias doradas. De inmediato se encontró imaginando la forma de su rostro. ¿Sería redondeado? ¿De qué color serían sus ojos? ¿Tendría pecas escampadas por los pómulos o un lunar sobre el labio? ¿Se habría maquillado? Sacudió la cabeza a la vez que el rubor subía por sus mejillas. Aquello era ridículo. ¿Cómo podía sentirse tan obsesionada por una desconocida a la que ni siquiera le había visto la cara? 

Un nuevo frenazo del autobús la devolvió a la realidad. Habían llegado a otra parada. Las puertas se abrieron y con el corazón en la garganta, observó cómo la chica se abría paso entre la gente para bajar. Su rostro volvió a perderse entre los cuerpos apretados unos contra otros y antes de que pudiera darse cuenta de lo que hacía, fue tras ella. 

La siguió un par de manzanas y de inmediato se sintió embargada por la vergüenza y la culpa. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Acosaba a una chica a la que solo había visto unos minutos en un autobús abarrotado? Se sintió ridícula. Decidió que iba siendo hora de poner fin a su aventura y dio media vuelta para marcharse. 

Pero, en ese momento, la chica se detuvo. 

Un escalofrío le recorrió la nuca, sin saber muy bien por qué. Sus latidos se aceleraron. Le dio la sensación de que ella había sabido desde el principio que la estaba siguiendo. 

Entonces la chica comenzó a girarse lentamente, como si con ello quisiera crear todavía más expectación. La emoción le encogió el estómago. Y también el miedo. 

Al fin se dio la vuelta por completo y ella sintió que las piernas le fallaban y que el suelo había dejado de ser estable bajo sus pies. Su rostro estaba vacío. Solo un agujero negro que parecía tragarse todo aquello que se abría a su paso. Sintió que el alma se le escapaba como arena que se escurría entre los dedos. Si hubiera tenido labios, habría jurado que la chica sin rostro sonreía con malicia. 

Lo último que recordaría sería aquel espeluznante vórtice que se acercaba a ella y su cuerpo inerte cayendo al suelo. 



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