El suelo de madera estaba frío y crujía bajo sus pies descalzos.
Pese a que su padre le había asegurado una y otra vez que no tenía de que preocuparse, ella no se veía capaz de dormir a pierna suelta. Aunque hacía semanas que las nieves cubrían la región, ella sudaba a mares bajo las sábanas. Las manos le temblaban y le entraba un tic nervioso en el ojo izquierdo. Y las voces. Lo peor eran las voces. Desde la muerte de su madre, no había dejado de oírlas, volviéndose estas más fuertes a cada noche que pasaba.
Su padre prácticamente se había reído cuando le había sugerido que la casa estaba encantada. Decía que pasaba demasiado tiempo leyendo cuentos y leyendas. Tal vez fuera cierto. O tal vez simplemente se estuviera volviendo loca. Pero esa noche, estaba dispuesta a llegar hasta el fondo del asunto.
Candelabro en mano, fue avanzando con lentitud por el siniestro pasillo. Ya no estaba segura de si se mostraba cautelosa por no despertar a su padre o por no llamar la atención de los posibles fantasmas que allí se encontraran. El corazón le latía tan deprisa que le retumbaba en los oídos y no podía pensar.
A cada paso que daba, las voces parecían volverse más furiosas. Una capa fría de sudor se acumuló en su espalda, bajo el camisón. Le volvió a entrar el tic en el ojo. La mano que sujetaba el candelabro temblaba tanto que temía que de un momento a otro tirara las velas al suelo, iniciando un incendio. Pensó en dar media vuelta. En regresar a su habitación e intentar conciliar el sueño. Pero sabía que sería inútil. No conseguiría dormir hasta que descubriera el origen de las voces.
Estaba a punto de llegar al final del corredor cuando se levantó un viento gélido que apagó la llama de dos de los tres cirios que llevaba consigo, dejándola prácticamente a oscuras. Su corazón latió más deprisa. En ese pasillo no había puertas ni ventanas. Solo viejos y descoloridos retratos de su familia y sus antepasados.
Sintió que el escaso valor que había conseguido reunir para llegar hasta allí bajaba por su garganta hasta la punta de sus pies. Decidió que ya había tenido suficiente por aquella noche. No veía la hora de que volviera a salir el sol por el horizonte.
Fue a dar media vuelta para regresar a su habitación cuando la vio. Su cara deforme y blanquecina pegada a la suya a la luz de la única vela que permanecía encendida. Quiso gritar pero parecía que el miedo le hubiera hecho un nudo en la garganta, enredando sus cuerdas vocales. El fantasma se parecía tanto a ella que era casi como mirarse en un espejo, solo que su verdadero reflejo no era ni de lejos tan espeluznante.
Solo cuando la última vela se apagó cayó en la cuenta de por qué se le parecía tanto.
Era su madre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario