Translate

Entradas populares

jueves, 30 de julio de 2020

La ventana

A pesar de que llevaba ya más de un año viviendo en la casa, sentía que no se había terminado de hacer a ella. Había vaciado todas las cajas, la había redecorado a su gusto pero, aun así, no podía evitar tener la sensación de que algo fallaba. Entonces cayó en la cuenta de que era eso que posiblemente lo incomodaba. 

El salón no era demasiado grande. Lo suficiente como para que pudiera caber un sofá y una mesa baja, además de un pequeño balcón. No habían sido pocas las veces que se había sentado allí a leer o a beber un café, buscando desconectar del sobrecargante estrés que le suponía la mudanza. Y justo frente al sofá, había una ventana. Recordaba haber apartado con entusiasmo las cortinas el primer día que pisara el apartamento, deseando que entrara la luz del día. Ahora, sin embargo, empezaba a arrepentirse de haberlo hecho. 

Daban igual la hora o el momento del día en el que se decidiera a sentarse en el salón. Siempre que miraba a través de la ventana, ella estaba allí, desde su balcón, observándole, sin pestañear. Al principio, intentó saludar o llamar la atención de la que fuera su vecina, pero todo intento fue en vano No se inmutaba. Por un segundo, le pareció que ni siquiera respiraba. Se limitaba a estar allí, observándole. No importaba cuándo ni qué estuviera haciendo. Ella seguía allí. 

Con un sudor frío empapando su nuca, se levantó a trompicones del sofá y corrió de nuevo las cortinas. Pero era inútil. Pese a que desde entonces el salón se mantenía siempre en la penumbra, él podía seguir viéndola, vigilándole desde el otro lado de la calle. No podía apartar de su cabeza la imagen de sus ojos atravesándole. 

Desde entonces había pasado poco más de un año, y él no se había atrevido a volver a mirar a través de la ventana. Con el pulso acelerado, se dirigió al salón y respiró profundamente antes de atreverse a hacerlo de nuevo. No podía permitirse el lujo de mudarse otra vez, así que no tenía más remedio que hacer frente a sus miedos. No tardó en descubrir que el remedio había sido muchísimo peor que la enfermedad. 

Al otro lado de la ventana, no había balcón, ni muchísimo menos ninguna mujer observándolo. Simplemente, no había nada. Nunca lo había habido. Solo un solar vacío a la espera de un nuevo proyecto de construcción.  

 

jueves, 23 de julio de 2020

Humo

Pese a la intensidad de las luces que apenas dejaban ver las estrellas, aquella era una noche especialmente oscura. 

Arropado por el ruido y la actividad frenética del tráfico salió al balcón, en busca de algo de paz en aquella ciudad que nunca dormía. Se apoyó contra la barandilla de hierro y dejó vagar la mirada en las luces que se extendían bajo él durante unos segundos. Después, metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de tabaco. Sacó un cigarrillo y jugueteó con él entre los dedos antes de decidirse a llevárselo a los labios. Aun así, todavía tuvo que pasar un rato hasta que se decidiera a encenderlo. 

Expulsó entonces el humo hacia aquel cielo sin luna, ajeno a la ajetreada vida que parecía tener el resto del mundo. El humo ascendió hasta situarse encima de su cabeza, tomando formas imposibles. Dragones, pegasos y otros animales fantásticos que parecían dispuestos a alejarlo con sus alas de esa realidad que lo torturaba. 

Dejó que lo envolviera con cada calada, sintiendo que sus propios pies se elevaban unos centímetros del suelo. Se dejó arrastrar, como el humo, por el viento, sintiéndose más ligero y más libre. 

Pero el humo es efímero. Como también lo son muchos sueños. 

Para cuando el cigarrillo no era más que una colilla, se volvía a sentir atado a la tierra y, junto al humo, no solo se habían desvanecido las criaturas. También lo había hecho su oportunidad para escapar de allí. 

domingo, 19 de julio de 2020

Seré frágil


El reto lector para este mes de julio consistía en leer un libro basado en una historia real. El elegido para esta ocasión ha sido Seré frágil, de Beatriz Esteban

Sinopsis: "Hace cinco años perdí mucho más que unos cuantos kilos: perdí toda la esperanza. Parte de mi vida está en esta historia, que es el fruto de todo lo que aprendí en ese tiempo. Espero que sirva para comprender lo que es un trastorno alimenticio, cómo afecta y desgasta a una persona, cómo mata. Quiero dar un soplo de esperanza a todos lo que, como yo, se han sentido insuficientes, solos e incomprendidos. Quiero recordarles que su historia también es importante.'' 

Sara Soler se odia. A pesar del amor de su pareja, sus amigos y su familia, nunca se ha sentido suficiente. Todo empieza a cambiar tras la muerte de su compañera de clase, Sofía, después de luchar durante años contra la anorexia. En su funeral, los padres de Sofía le entregan a Sara el diario de su hija, asegurándole que lo han encontrado bajo una nota con su nombre. A través de sus palabras, Sara empieza a conocer los misterios de su pasado, mientras su presente se va contagiando de la mentalidad enferma de Sofía. La guerra no ha hecho más que comenzar. Una guerra en la que, para sobrevivir, Sara tendrá que luchar contra sí misma. 

A través de este libro y de los personajes de Sara y de Sofía, la autora nos relata su lucha contra la anorexia. Resulta una historia desgarradora y también muy necesaria que me ha emocionado hasta el final. 

Sin duda, lo que más me ha gustado este libro es la forma en la que nos introducimos en los pensamientos que atormentan, primero a Sofía, y luego a Sara. Conocemos de primera mano la condena que supone para ellas la enfermedad, y como su vida se transforma por completo en una lucha que puede costarles la vida

Además de, por supuesto, hablarnos de la anorexia y de lo duro que supone vivir día a día con un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), en esta novela también se tratan temas, aunque puede que no de una forma tan extensa, como la depresión, el suicido, el bullying o la autolesión

Es por esto que me ha gustado tanto este libro y que lo veo una lectura más que necesaria para poder comprender un poco mejor la importancia de la salud mental y de pedir ayuda, así como el largo proceso que supone su recuperación.

En el mercado editorial deberían existir más libros como este que den voz a esta clase de historias. 

jueves, 16 de julio de 2020

Cristal

De pie frente al espejo, hizo una mueca y frunció el ceño. No estaba conforme con la imagen que le devolvía el reflejo. 

La veía demasiado frágil. Demasiado imperfecta. 

Se miró las palmas de las manos, con unos dedos tan finos que parecían hechos de cristal. 

Hacía tiempo que se sentía así. Tan ligera, tan débil, que solo una ligera brisa hubiese bastado para romperla. Sonrío para sí ante esa idea. Pues por dentro hacía ya mucho que se había quebrado. 

Con un movimiento brusco de cabeza, apartó la vista del espejo, como si el solo hecho de mirarse la quemara. 

Entonces lo vio sobre la mesita de noche. El martillo que había cogido esa mañana de la caja de herramientas. Lo cogió con una mano temblorosa, situándose de nuevo frente al espejo. Todo su cuerpo temblaba, en realidad, como una hoja sacudida por el viento. Ese viento que podía romper su frágil cuerpo de cristal. 

Con una rabia inusitada, cargó el martillo contra el espejo, rompiéndolo en mil pedazos en un grito desgarrador. Algunos cristales saltaron y se clavaron en su piel, pero no le importó. Ahora la imagen sí que se correspondía con la realidad. 

El espejo estaba roto. Igual que ella. 

jueves, 9 de julio de 2020

El faro

El manto de nubes grises que cubría el cielo suponía un presagio de la tormenta que se avecinaba. Esta se dejaba entrever también en la ferocidad con la que las olas golpeaban una y otra vez la costa, rompiéndose contra las rocas negras. 

La tempestad se avecinaba y eso significaba que, una vez más, la luz del faro debería guiar a los barcos hasta puerto seguro esa noche. 

El vigilante, ya un viejo conocido del oficio, dejó vagar su vista en el horizonte, que cada vez se volvía más oscuro. Fue entonces cuando la vio. Parpadeó dos veces, incrédulo ante lo que veían sus ojos. Por un segundo, lo achacó al desgaste del trabajo y de la edad. Impulsado por un mal presentimiento, descendió del faro. 

Y allí estaba. Con los pies descalzos, de pie sobre una roca en la que las olas chocaban con violencia, observando el mar. Llevaba un vestido blanco vaporoso que relucía aún más su piel pálida. Su pelo rubio enmarañado parecía haber perdido el brillo tiempo atrás y caía con elegancia a su espalda. 

El vigilante contempló a la muchacha en silencio. Se acercó a ella con cautela. Temía que fuera a desvanecerse con cualquier movimiento brusco. Sin embargo, antes de que pudiera articular siquiera una palabra, la joven alzó uno de sus brazos, apuntando a la inmensidad del océano que se abría ante ellos. 

El hombre siguió la dirección que apuntaba el dedo de la joven. Tenía una palpitación extraña en las sienes y la frente sudorosa. En la lejanía, le pareció distinguir unas manchas negras. Barcos, pensó. 

En ese momento, la luz del faro a su espalda parpadeó hasta apagarse por completo. Regresó corriendo a su puesto, pero ya nada pudo hacer para que volviera a funcionar. 

Para cuando volvió a mirar, la chica había desaparecido. 

Los barcos se hundieron sin remedio. 

jueves, 2 de julio de 2020

Cuervos

Aquella noche era especialmente gélida, con un helor que se le calaba en los huesos. Aun así, no cerró la ventana. No tenía fuerzas para hacerlo. Tumbado sobre el colchón, las horas pasaban con lentitud mientras su mirada vagaba por el techo triste y gris. Hacía noches que no podía dormir. No sabía qué hora marcaba el reloj. Tampoco le importaba. 

Entonces un cuervo se posó sobre el alfeizar de la ventana. Su graznido llamó su atención e hizo que se reincorporara sobre la cama para verlo mejor. El ave fijó sus enormes ojos brillantes en él. A este pronto se le sumó un segundo cuervo. Y un tercero, y un cuarto... Muy pronto, eran tantos que se apretujaban los unos contra los otros, luchando por un hueco en la pequeña repisa. Él quedó totalmente sentado sobre las sábanas, contemplando la inaudita escena. Su corazón comenzó a latir más deprisa, como queriendo advertirlo de un peligro inminente. 

Como si hubieran estado a la espera de una señal, toda la bandada a una saltó sobre él, con sus afilados picos y garras por delante. Gritó, pero por encima de él, los graznidos de los cuervos se convirtieron en palabras y miedos que creía haber enterrado para siempre pero que, una noche más, regresaban para destrozarlo.