A pesar de que llevaba ya más de un año viviendo en la casa, sentía que no se había terminado de hacer a ella. Había vaciado todas las cajas, la había redecorado a su gusto pero, aun así, no podía evitar tener la sensación de que algo fallaba. Entonces cayó en la cuenta de que era eso que posiblemente lo incomodaba.
El salón no era demasiado grande. Lo suficiente como para que pudiera caber un sofá y una mesa baja, además de un pequeño balcón. No habían sido pocas las veces que se había sentado allí a leer o a beber un café, buscando desconectar del sobrecargante estrés que le suponía la mudanza. Y justo frente al sofá, había una ventana. Recordaba haber apartado con entusiasmo las cortinas el primer día que pisara el apartamento, deseando que entrara la luz del día. Ahora, sin embargo, empezaba a arrepentirse de haberlo hecho.
Daban igual la hora o el momento del día en el que se decidiera a sentarse en el salón. Siempre que miraba a través de la ventana, ella estaba allí, desde su balcón, observándole, sin pestañear. Al principio, intentó saludar o llamar la atención de la que fuera su vecina, pero todo intento fue en vano No se inmutaba. Por un segundo, le pareció que ni siquiera respiraba. Se limitaba a estar allí, observándole. No importaba cuándo ni qué estuviera haciendo. Ella seguía allí.
Con un sudor frío empapando su nuca, se levantó a trompicones del sofá y corrió de nuevo las cortinas. Pero era inútil. Pese a que desde entonces el salón se mantenía siempre en la penumbra, él podía seguir viéndola, vigilándole desde el otro lado de la calle. No podía apartar de su cabeza la imagen de sus ojos atravesándole.
Desde entonces había pasado poco más de un año, y él no se había atrevido a volver a mirar a través de la ventana. Con el pulso acelerado, se dirigió al salón y respiró profundamente antes de atreverse a hacerlo de nuevo. No podía permitirse el lujo de mudarse otra vez, así que no tenía más remedio que hacer frente a sus miedos. No tardó en descubrir que el remedio había sido muchísimo peor que la enfermedad.
Al otro lado de la ventana, no había balcón, ni muchísimo menos ninguna mujer observándolo. Simplemente, no había nada. Nunca lo había habido. Solo un solar vacío a la espera de un nuevo proyecto de construcción.
