No sabía cuántas horas llevaba frente al espejo pero, a cada segundo que pasaba, sentía que su imagen se volvía más y más difusa.
Los contornos se desdibujaban, los colores se apagaban, y ella era incapaz de identificarse en el reflejo que el espejo le mostraba. No coincidía con la imagen que siempre había tenido en su cabeza.
Parpadeó. Solo fue un segundo. Pero un segundo que lo cambió todo.
Para cuando se fue a dar cuenta, su reflejo ya no estaba allí. Se acercó más al cristal y frunció el ceño, perpleja. Por un breve instante, tuvo la sensación de que allí nunca había habido nada, de que había pasado horas mirando algo inexistente. Y aun así, se veía incapaz de apartar la vista del espejo.
Alzó la mano para acercarla hasta él y las luces del baño parpadearon. Solo entonces consiguió apartar la vista para alzar la cabeza extrañada hacia las bombillas. Poco después volvía a centrar su mirada en el cristal, que se rompió en miles de pedazos en el mismo instante en el que sus dedos lo rozaban. Un escalofrío recorrió su espalda al descubrir en el cristal roto el reflejo perdido que se situaba tras ella.
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