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jueves, 16 de abril de 2020

La venus

En medio de aquel silencio conmovedor de amplios y numerosos pasillos, sus pasos le parecieron demasiado ruidosos para su gusto. Allá por donde pasaba, sus ojos se llenaban de una belleza sofisticada y bien cuidada, que era capaz de hacer a una perder la noción misma del tiempo y el espacio. 

De pronto, se vio sola en esa enorme galería. Por un momento, temió haberse quedado tan embelesada que hubieran cerrado el museo con ella dentro. Hasta que se dio cuenta de que todos los visitantes giraban, como atraídos, hacia la misma dirección. Sus pasos se dirigieron solos al lugar, y en cuanto sus ojos se posaron sobre el cuadro que allí se velaba, sintió que el aire no le llegaba a los pulmones. 

Y allí estaba la venus. Imponente. Hermosa. Inalcanzable. Más de lo que ella jamás sería capaz de aspirar.

Completamente hechizada, se abrió paso entre la multitud para acercarse a ella. Y entonces sucedió algo extraordinario. 

Le pareció que la venus la miraba y le sonreía, y que los contornos de lo que había a su alrededor, se difuminaban hasta convertirse en simples borrones de pintura. Presa de un fuerte cosquilleo, se miró las manos, que cambiaban de color a su antojo junto al resto de su cuerpo. Parpadeó un par de veces, en un intento por hacer despertar a su mente de aquel extraño sueño. 

Para cuando lo hizo, todo había cambiado. Personas de todas las edades y lugares del mundo la miraban pasmadas, con los ojos abiertos de par en par y un brillo de admiración reluciendo en sus pupilas. Y ella les devolvía sin reparo la mirada desde el otro lado del cuadro ahora que se había convertido en la nueva venus. 


martes, 7 de abril de 2020

Pájaro blanco


Ya tenéis aquí la reseña que corresponde al reto lector de este mes: una novela gráfica o cómic.

Sinopsis: Una niña acogida en una familia... Una persecución. Un amigo inesperado. Esta desgarradora y conmovedora experiencia demuestra el poder de la amabilidad para cambiar corazones, construir puentes e incluso salvar vidas. 

Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo.

Con esta cita de George Santayana empieza la novela gráfica de R. J. Palacio, autora también de Wonder, otra obra imprescindible de cuya adaptación cinematográfica pudimos disfrutar hace unos años en el cine. 


En Pájaro blanco, la primera novela gráfica de la autora, esta nos relata a través de unas ilustraciones preciosas la parte más oscura y cruel de nuestra historia: el holocausto. 

Contado desde la experiencia en primera persona de Sara, una niña judía, vamos descubriendo en cada viñeta cómo, tras la invasión de Francia, su mundo se va desmoronando hasta verse obligada a ocultarse para salvar su vida. 

Este ha sido uno de esos libros que, tras acabarlo, me ha dejado una especie de conmovedor vacío. Sus páginas me han llegado e impactado de una forma que no sabría explicar. Y no solo se debe al hecho de pensar en la cruda realidad que se esconde detrás, sino a la forma de narrar esta a través de su personaje principal, y cómo, junto al relato, este va evolucionando. 

Un libro más que recomendado y, sobre todo, necesario

lunes, 6 de abril de 2020

Abrazos por carta

La carta había llegado sobre las doce. Había visto cómo se colaba por la rendija de la puerta cuando iba a dar de comer al gato. Y allí seguía, en el suelo frente a él. Todavía no se había atrevido a abrirla. La presencia del sobre blanco sin abrir lo incomodaba de alguna manera. ¿Quién mandaba cartas a esas alturas, de todas formas? Se preguntó cambiando el peso de una pierna a otra. 

Eso no podía seguir así, se dijo. Estaba siendo ridículo. Cogió aire y respiró profundamente. Sería mejor que lo hiciese cuanto antes, no sin antes tomar las precauciones convenientes. Desde el otro lado del pasillo, el gato observó con aires de suficiencia cómo su dueño empapaba el sobre y su interior del spray desinfectante que lo acompañaba desde hacía meses a todos lados. El gato maulló y enroscó la cola, en un intento en vano por llamar la atención de su amo, pues su cuenco seguía vacío. 

Ajeno a los pensamientos del felino, dejó el spray a un lado y se agachó finalmente a coger el sobre. Lo abrió con cuidado, como si temiera que una nueva oleada de microbios y germenes pudieran salir de su interior y contagiarlo. Entonces, de su interior salió una silueta llena de luz y de color. Incluso el gato olvidó por un momento su indignada pose y se acercó hasta sus pies para contemplarla mejor. Sus ojos se humedecieron al reconocerla. El sobre, que todavía sostenía en una de sus manos, cayó al suelo, pero él no se dio cuenta. 

La figura le rodeó con sus brazos, estrechándolo en un abrazo. En un abrazo que se sentía lejano, como un eco, pero a la vez tan cerca, tan cálido, que le estremecía el alma. 

domingo, 5 de abril de 2020

La bala

Salió del edifico con paso lento, sin prisa, sabiéndose invencible. En cuanto cruzó el umbral de las puertas del banco, cientos de haces de luces rojas y azules la cegaron. Sin dejar de sonreír, se llevó una mano a la frente para ver mejor. 

-¡Arriba las manos! ¡No dé ni un paso más!-le advirtió uno de los policías, con el arma en alto y parapetado detrás de su coche-¡Está rodeada! ¡Será mejor que se rinda!

Su sonrisa se volvió más amplia y se llevó la mano de la frente a los labios para intentar reprimir una pequeña carcajada.

-¡Dejé el dinero en el suelo y nadie saldrá herido!-volvió a dirigirse a ella el policía, haciendo referencia a la enorme bolsa de cuero que sujetaba con la otra mano. 

Pese a que la voz del hombre sonaba firme, su rostro estaba pálido y sudoroso. La mano que sujetaba la pistola temblaba con violencia y su corazón retumbaba con fuerza dentro de su pecho. 

-¡Se lo advierto!-en esta ocasión, no consiguió disimular el temblor que también impregnaba su voz-¡Contaré hasta tres! ¡Uno!

Ella no se inmutó. Le devolvió una mirada, no desafiante, sino cargada de sarcasmo. Su sonrisa se volvía a cada segundo más amplia en su rostro. 

-¡Dos!

A su alrededor, el resto de compañeros pusieron a punto sus armas. Todos los focos de luces seguían centrados en ella, la estrella de esa redada. 

-¡Tres!

En ese momento, como si formara parte de un cruel juego, su mano soltó la bolsa con el dinero. Todos los policías, fruto de una coordinación imposible, apretaron el gatillo a la vez. Pero fue una sola bala la que atravesó limpiamente su pecho. La chica, sin embargo, continuó de pie, impasible, ante la mirada de terror de los hombres y mujeres que la rodeaban. 

La bala había atravesado su corazón. Pero no la había matado. Al fin y al cabo, pensó sonriendo, estaba hecha a prueba de ellas. 


sábado, 4 de abril de 2020

Abeja

Entre pétalos de mil colores y la calidez de los rayos de primavera, ella brincaba y volaba. Bailaba hondeando los pliegues de su vestido amarillo, que se mecía con la ligera brisa. Sus pequeñas alas transparentes se desplegaban a su espalda, elevándola ligeramente del suelo cada pocos pasos. 

Se detuvo un instante y cerró los ojos para concentrarse en el olor que buscaba. Inspiró hondo y los volvió a abrir. Aprovechó el momento y subió sus medias de rayas negras, que le llegaban por encima de la rodilla. 

Temblando de emoción y con una amplia sonrisa, tomó carrerilla a la vez que volvía a abrir sus alas, volando todavía más alto en el cielo. Todo su cuerpo vibró y, con un tirabuzón perfecto, la abeja aterrizó en la mullida almohada del polen.

viernes, 3 de abril de 2020

Reloj de arena


El tiempo pasaba de forma lenta y pausada, pero constante.

Se había sentado en el suelo cóncavo de cristal con las piernas cruzadas, como si fuera el honorable jefe de una tribu india. Estiró los brazos hacia delante y dejó que los granos de arena se le colasen entre los dedos. Cogió todo lo que su palma fue capaz y luego la dejó caer, lentamente, como si fuera una cascada, ante él. Repitió el mismo proceso, una y otra vez. A cada segundo que pasaba, había más arena. Tanta, que muy pronto ya no fue capaz de abarcarla solo con una mano.

Alzó la cabeza hacia arriba y se vio obligado a entrecerrar los ojos a causa del brillo lejano pero potente del sol reflejado en las paredes curvilíneas de transparente cristal. El goteo de arena desde el otro lado seguía siendo constante y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que fuera completamente enterrado por ella. Esperaba que fuera pronto. Porque sabía que, cuando eso sucediera, el reloj de arena daría la vuelta y todo volvería a empezar.

jueves, 2 de abril de 2020

La chica de la burbuja

Sus ojos grandes y tristes veían el mundo a través de la esfera efímera que rodeaba su cabeza. El sonido le llegaba lejano, como fruto de alguna ilusión incoherente. Ella misma parecía un sueño, cuando la palma de su mano frente a la burbuja se mostraba borrosa y fantasmal. 

La chica de la burbuja era toda ella frágil. Respiraba con lentitud, tomando aire en pequeñas cantidades, como si temiera acabar con el oxígeno de su escafandra. 

Apenas hablaba, apenas sentía. 

Pero las burbujas no son eternas, y el día menos esperado, la suya explotó. 

La libertad se convirtió entonces en una realidad agridulce. El aire le pareció tan abundante como venenoso; los colores, tan vivos como molestos; y los sonidos, tan claros como ruidosos. 

La chica de la burbuja, ahora sin ella, se mostró perdida en aquel mundo que le parecía incluso más distorsionado que antes.

miércoles, 1 de abril de 2020

El fuego

Sentada en el suelo a los pies de su cama, se dejó golpear por la abrumadora soledad de su cuarto. Entre sus dedos jugueteaba con una cerilla. La caja descansaba a pocos metros y la cogió para encenderla. Una llama leve iluminó la estancia, alargando las sombras y deformando su rostro. 

Acercó la cerilla encendida sobre su piel. No pudo evitar contener el aliento, aunque era algo que ya había hecho otras veces. El fuego acarició su piel, pero no la dañó. Las llamas recorrieron su antebrazo hasta la punta de sus dedos, fundiéndose en uno solo. 

Dejó de nuevo la caja de cerillas a su lado y se quedó mirando las palmas de sus manos. Pequeños destellos de luz de vez en cuando las envolvían. Se concentró en esa luz. En el calor que abrasaba sus venas. En la rabia que alimentaba su fuego, que la condenaba a la soledad de esa habitación. Como si se tratara de una hoguera, las puntas de su cabello se incendiaron. Toda su piel, al rojo vivo, se fundió como la lava de un volcán. 

Apenas había comenzado cuando el estridente sonido de la alarma antiincendios apagó bajo una cortina de agua el fuego que la consumía. Se llevó las manos al rostro y ahogó un grito de frustración mientras, al otro lado del cristal, los hombres y mujeres de bata blanca tomaban nota del comportamiento de su experimento.