En medio de aquel silencio conmovedor de amplios y numerosos pasillos, sus pasos le parecieron demasiado ruidosos para su gusto. Allá por donde pasaba, sus ojos se llenaban de una belleza sofisticada y bien cuidada, que era capaz de hacer a una perder la noción misma del tiempo y el espacio.
De pronto, se vio sola en esa enorme galería. Por un momento, temió haberse quedado tan embelesada que hubieran cerrado el museo con ella dentro. Hasta que se dio cuenta de que todos los visitantes giraban, como atraídos, hacia la misma dirección. Sus pasos se dirigieron solos al lugar, y en cuanto sus ojos se posaron sobre el cuadro que allí se velaba, sintió que el aire no le llegaba a los pulmones.
Y allí estaba la venus. Imponente. Hermosa. Inalcanzable. Más de lo que ella jamás sería capaz de aspirar.
Completamente hechizada, se abrió paso entre la multitud para acercarse a ella. Y entonces sucedió algo extraordinario.
Le pareció que la venus la miraba y le sonreía, y que los contornos de lo que había a su alrededor, se difuminaban hasta convertirse en simples borrones de pintura. Presa de un fuerte cosquilleo, se miró las manos, que cambiaban de color a su antojo junto al resto de su cuerpo. Parpadeó un par de veces, en un intento por hacer despertar a su mente de aquel extraño sueño.
Para cuando lo hizo, todo había cambiado. Personas de todas las edades y lugares del mundo la miraban pasmadas, con los ojos abiertos de par en par y un brillo de admiración reluciendo en sus pupilas. Y ella les devolvía sin reparo la mirada desde el otro lado del cuadro ahora que se había convertido en la nueva venus.
